Inaudita realidad, corolarios de las elecciones primarias en Argentina.

Por Dario Di Zacomo (Buenos Aires, Argentina).

El pasado domingo 13 de agosto se realizaron las Primarias Obligatorias (PASO) en la Argentina, cuyos resultados echaron por tierra todos los pronósticos. Javier Milei el candidato de La Libertad Avanza (LLA) se alzó en el primer lugar con el 30,04% de los votos, luego dos puntos por debajo el frente opositor Juntos por el Cambio (JxC) y tercero, a cuatro puntos de distancia del primero, la coalición peronista Unión por la Patria (UP). Ninguna encuesta o consulta electoral vaticinó el esquema de posiciones resultante; cuando mucho se le atribuía al candidato liberal una ubicación en un tercer puesto con un preocupante porcentaje que rondaba los 20 puntos. Debo confesar que quedé helado con el resultado, a pesar de estar viviendo uno de los inviernos más cálidos desde mi llegada a la Argentina hace 10 años.

Los votos alcanzados por Milei hoy nos colocan en una peligrosa situación político-social: el posible triunfo de la extrema derecha como depositaria del descontento y expectativa popular de cambio, es fundamentalmente un contexto que nos toma por sorpresa y sin plan alterno.

En la alianza opositora JxC el triunfalismo y la furia de la disputa interna erosionaron sus ilusiones, sus distintos asesores y planificadores de campaña, divulgadores de la libre competencia y la meritocracia, deberían estar actualizando sus CVs para buscar trabajos en otros rubros, pues cometieron todos los errores posibles en la lectura del fenómeno Milei. La sumatoria de los dos sectores que se enfrentaron en la disputa interna solo alcanzó el 28,27% de los votos para quedar como relleno de un sándwich, entre el libertario y el peronista.

Patricia Bullrich logró vencer fácilmente a Horacio Rodríguez Larreta, pero ahora se enfrenta a circunstancias imprevistas. Actualmente no representa la primera opción para derrotar al peronismo; su verbo pesimista y cargado de violencia no resultó el elemento aglutinador del descontento a la gestión de Alberto Fernández, y repentinamente es para muchos, la otra cara de la misma moneda. No quiero decir que ya no revista peligro, pues estaría cometiendo el mismo error de subestimación que se cometió con Milei, pero es el sector que tiene ante sí las mayores exigencias de reconfiguración para las elecciones generales del 22 de octubre, pues su potencial electorado ya encontró otra candidatura. Espero no puedan salir del desconcierto y acumulen más inexactitudes.

Por su parte la interna de UP se desarrolló con la pesada carga de una gestión de gobierno que no ha podido controlar la inflación, reducir la desigualdad y cada día se ve más enredada en la aplicación de un plan de ajuste impuesto por el FMI, afectando de forma demoledora a los sectores medios y pobres del país, hoy en la Argentina es común tener un empleo (incluso dos) y ser pobre.  Sergio Massa se impuso a Juan Grabois, precandidato que desafió el acuerdo “unitario” de Cristina y Alberto, pero la sumatoria de los votos de ambos no alcanza el número que se consideraba como la base de sustentación del peronismo, tan solo se llegó a un 27,27% cuando las expectativas internas estaban en el rango del 33 al 35%, con una pérdida de aproximadamente seis millones y medio de votos de los obtenidos en las primarias del 2019.

Sergio Massa no arrastró lo esperado, aun cuando fue el segundo candidato individualmente más votado, los números dan cuenta de la poca receptividad que tuvo su figura más allá de los márgenes de la votación tradicionalmente peronista. Ahora de cara a octubre es otro contexto, en el cual ante la amenaza de Milei en el “progresismo” no tenemos más alternativa que tragarnos algunos sapos y sumar a la opción de Massa. Pero lamentablemente eso no es suficiente, pues la derrota fue devastadora también para la izquierda y algunas disidencias peronistas, la estrategia electoral supongo estará orientada más a captar los votantes ausentes (abstención) y a sacarle “los moderados” que orientaron su elección a JxC.

El cuadro exige al gobierno la inyección de rápidas medidas que den, al menos en apariencia, un respiro a la población para evitar una mayor fuga de votantes hacia Milei (o Bullrich). No es quizás un terreno para la ideologización y la conciencia, es un momento francamente pragmático donde alguna contención a la desintegración de los salarios, la inseguridad y el desencanto, debe haber para que las y los votantes puedan sopesar las consecuencias del “voto castigo”.

Sin embargo el lunes después de las PASO el ministro de economía Massa al mando del gobierno inició la profundización del plan de ajuste instruido por el FMI con una devaluación del 22%, lo cual se traduce en un incremento en los precios y en un deterioro mayor del salario real. No entiendo mucho porqué arrancamos así la campaña, solo puedo pensar que se trata de complacer aún más al Fondo para que realice los desembolsos prometidos y con ello paliar la situación en los próximos dos o tres meses.

Ahora bien, en el desconcierto general de la sociedad por la pandemia, surge de las sombras del aislamiento social obligatorio la figura de Javier Milei, quien en un rápido ascenso con base en el ataque a lo que denomina la “casta política”, integrada por peronistas, radicales, cambiemistas e incluso socialistas, logró capitalizar una importante votación para las elecciones legislativas de medio término en 2021, siendo electo diputado por la Ciudad autónoma de Buenos Aires.

Milei va creciendo al amparo de una presencia mediática y en redes sociales, sus propuestas, algunas de corte extravagante pueden ser concentradas en los siguientes aspectos generales: reivindicación del individuo por sobre lo colectivo, lo social y el Estado; defensa del libre mercado y las premisas constitutivas del liberalismo clásico; privatización de las empresas públicas; reducción del aparato estatal; flexibilización laboral; dolarización de la economía  y eliminación de cargas impositivas a las empresas privadas.

Su seducción está en el ataque a la “casta política” (reactualizada en el grito “que se vayan todos”, voz popular que marcó las protestas de 2001), es allí donde hace contacto con los sectores excluidos: en una sociedad donde las brechas de la desigualdad se han profundizado en los últimos ocho años, hay terreno fértil para levantar propuestas sobre la disección al sistema político.

Milei ganó en dieciséis de las veinticuatro provincias que componen la República Argentina; para poner un solo ejemplo de lo sorprendente e indeterminado del comportamiento electoral registrado el pasado domingo, referiremos el caso de la provincia norteña de Jujuy: hace tan solo un mes atrás en ella se presentaron intensas protestas para reclamar por aumentos salariales para las y los docentes provinciales, oponerse a la reforma de la constitución provincial que limitaba  el derecho a la protesta, y contra la explotación del litio y  minería que afecta los territorios de las comunidades originarias; entonces uno cree que no puede prosperar un discurso como el de Milei que pregona la reducción del Estado, la “bonificación” de la educación y la privatización de la explotación de todos los recursos naturales; pero en esa provincia gana con 39,83% de los votos, UP apenas alcanza un 20% y el Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) solo un 6,83% (ni unidos alcanza); cómo explicarnos tal comportamiento sin ver un acumulado de decepciones y agotamiento de los relatos políticos tradicionales, más por su falta de correspondencia en hechos que por sus implicaciones ideológicas.   

Del nefasto gobierno de Mauricio Macri pasamos en 2019 a la opción que prometía retomar el camino iniciado en la década anterior, pero eso no ha pasado, la gestión de Alberto Fernández, más allá de la pandemia y la larga sequía, tomó decisiones que comprometieron la soberanía del gobierno y proyectó su estrategia económica sobre la renegociación con el FMI, una salida fácil para un problema complejo. Esa es una fórmula que nunca funciona y son los pueblos quienes pagan las consecuencias.

Mientras tanto, Milei fue creciendo entre nuestras burlas y subestimación, incluso hace unos meses atrás los medios de comunicación hegemónicos que tanto le habían facilitado micrófonos y pantallas, fueron progresivamente restándole espacio, entonces ¿qué hace Milei? suma a su discurso el cuestionamiento a los medios y les amenaza diciendo que de llegar a la presidencia les corta la pauta publicitaria, anotándose otra simpatía entre las y los ya tentados votantes.

Tenemos mucho por delante y sin dudas una campaña muy difícil que requerirá de nuestros mayores esfuerzos para vencer la avanzada de la ultra-derecha liberal (en LLA y JxC), luego preguntarnos con profunda autocrítica ¿cómo estamos haciendo política cuando una mayoría de los sectores sociales excluidos no identifican al movimiento nacional-popular ni a la izquierda como alternativa de cambio y transformación social?, será entonces momento también para adelantar propuestas conducentes a acciones que profundicen la democracia y la participación ciudadana, un nuevo relato que surja de la praxis revolucionaria del pueblo.

Hasta la victoria siempre, venceremos