La clave del proyecto político de Donald Trump consiste en contener el avance de la economía china, romper las alianzas que tienen como punto neurálgico el Grupo BRICS, restablecer la maquinaria industrial estadounidense, y por encima de todo, imponer un nuevo orden en el que la única voz sea la de los supermillonarios.
No se trata, como erróneamente argumentan algunos analistas, de una política disruptiva de parte del magnate–presidente, ni mucho menos de una especie de populismo de derecha, no, lo que se propone el caos programado de Trump es la perpetuidad de la hegemonía del capital, la dominación imperialista de todas las naciones.
Tal objetivo tropieza con los virajes geopolíticos globales, con las masivas manifestaciones del pueblo norteamericano contra la expulsión de migrantes, y en un hecho poco analizado: la economía de Estados Unidos está ligada a China, por una parte, y a México, por la otra, además, está visto que utilizar los aranceles como arma política es una hojilla de doble filo.
En la Sala Oval de la Casa Blanca, todas las contradicciones están sobre la mesa, pero, la más importante, es que Venezuela no es la única nación que no se doblega ante los designios imperiales.
Trump le impuso un incremento del 5 % a la Unión Europea para gastos militares, las naciones del viejo continente deberán rebajar todo el gasto social para complacer a “papi”, como le dice el adulador de Mark Rutte –secretario general de la OTAN- al mandatario gringo.
La ruta del militarismo solo conduce a la guerra, es la hora de respaldar con fuerza la propuesta de paz del Presidente Maduro, de alejar al mundo de la hecatombe de una conflagración universal y de transitar los caminos de la cooperación y la solidaridad.
