La oposición en su laberinto.

«Cúlpanos a nosotros, los de la generación de la decadencia; cúlpanos sí, que no fuimos ni héroes en la derrota ni santos en el martirio, y que apenas podríamos ofrecer el manojo de chamizas resecas de nuestras ilusiones y de nuestras amarguras».

José Rafael Pocaterra, en su obra cumbre Memorias de un venezolano de la decadencia. 1928.

​Una imagen dice más que mil comunicados de prensa, y la fotografía que acompaña y abre esta nueva entrega de «Descifrando en Rojo y Negro» es la radiografía de un momento de esa procesión que va por dentro en la oposición. Esta reciente reunión de la cúpula opositora venezolana es, en realidad, un certificado de defunción para la política del “rostro a rostro”. En esa habitación no se respira estrategia o victoria; se respira clausura y derrota.

​La escena es la expresión de una crisis que ya no se puede ocultar tras los filtros del algoritmo, ya sea en Instagram o en la Red X. Por más que los guerreros del teclado dispuestos para tal fin hagan su mayor esfuerzo, la fotografía es implacable: hay una mezcla de fatiga biológica, desconexión táctica y el peso de un juicio externo que los ha dejado huérfanos de autoridad.

​Lo primero que salta a la vista es la rendición ante la pantalla. En lugar de un debate encendido, los líderes opositores se refugian en sus teléfonos inteligentes. Pareciera que han construido un país virtual dentro del grupo de WhatsApp que integra a los participantes alrededor de la mesa; allí las soluciones son inmediatas pero ficticias, mientras en el mundo real, a pocos centímetros de sus narices, el consenso brilla por su ausencia.

​Es la política del búnker, cada uno atrincherado en su propia burbuja digital, consultándole a la inteligencia artificial o a sus asesores remotos qué decir frente al colega que tiene al lado. La comunicación ha muerto en el altar de la mensajería instantánea.

​La gestualidad de los «viejos robles» de la política de la Cuarta República es devastadora. En los veteranos no hay fuego, sino cenizas —tal vez ni eso—. Predominan los llamados «gestos de barrera»: manos que cubren la boca, dedos que frotan sienes cansadas y miradas perdidas en el vacío de la mesa.

​Esta fatiga cognitiva es el síntoma de una generación que se quedó sin mapas, cada uno quemado por ellos mismos. Saben qué es lo que no quieren, pero han olvidado cómo construir lo que necesitan desde el ejercicio de la política real. Mientras tanto, figuras como Delsa Solórzano intentan maniobrar en ese «pasillo de veteranos», tratando de inyectar una operatividad que choca contra el muro de escepticismo de quienes ya lo han visto —y fallado— todo.

​Si la imagen interna es de fragilidad, la percepción externa es el tiro de gracia. Las palabras de Donald Trump sobre el liderazgo de la oposición, específicamente sobre María Corina Machado, están estampadas como tema principal en cada pantalla de celular. En esa habitación, como un eco incómodo, cada uno recuerda la sentencia del inquilino de la Casa Blanca: «Creo que sería muy difícil para ella ser la líder. No cuenta con el apoyo ni el respeto dentro del país. Es una mujer muy amable, pero no goza del respeto necesario».

​Este juicio, proveniente de uno de los actores que más peso ha tenido en la política exterior hacia Venezuela, despoja a la dirigencia de su último escudo, la legitimidad internacional. Esa que pareciera también escaparse en cada acto convocado; de Houston a Madrid, la mecha no prende. Están atrapados en su laberinto (que me perdone Gabriel García Márquez por la comparación); la reunión en esa mesa dejó de ser un cónclave de poder para convertirse en una terapia de grupo sin terapeuta.

​No hay señales de «humo blanco». La mesa está llena de cafés fríos y vasos de plástico, símbolos de una espera que no conduce a ninguna parte. Cada facción tira para su lado, no con la fuerza de la convicción, sino con la inercia de la supervivencia individual. En el pasado quemaron a Elsa Castillo (¿se acuerdan de aquella mujer del gremio docente?) y en el presente el títere de turno cambia de rostro en la figura de José Patines. Es el mismo libreto, «el mismo musiú con diferente cachimbo». De la supuesta transición han pasado a ser convidados de piedra en la mesa donde se les escapó el futuro del país. A esta oposición retratada en la fotografía le tocó su viaje final sin boleto de vuelta. Seguramente la oposición logre en algún momento recomponerse, pero ese liderazgo retratado está en su viaje final.

​El tiempo, ese juez implacable que no entiende de prórrogas, los golpea en cada segundo de silencio. Lo que la cámara captó no fue una reunión política; fue el retrato de una estructura que se desmorona bajo el peso de su propio cansancio y la mirada implacable de un mundo que ha dejado de creerles.

Miguel Ernesto Salazar

Profesor en Geografía e Historia. Militante del Partido Unido Socialista de Venezuela. Miembro del Equipo Editorial de la Revista Pueblo En Armas.