Dólar, Bolívar y el Proyecto País.

Por Miguel Ernesto Salazar

Hace una semana, ante el incremento del valor del dólar, Pascualina Cursio, señalaba: “La escalada del tipo de cambio en Venezuela NO es consecuencia del aumento de la cantidad de bolívares por el pago de los aguinaldos. Tampoco es por la falta de divisas. Es un ataque criminal al bolívar más que confesado por el imperialismo”. Un ataque al Bolívar, no un producto del juego capitalista de la oferta y la demanda, puntualizaba para salir al paso a quienes creen que en Venezuela se comporta igual el capitalismo como en cualquier otra parte del mundo. “La gente se está arrechando con el juego del dólar y los precios, es en serio la vaina”, me decía un amigo hace poco. En paralelo, la Asamblea Nacional aprobaba en primera discusión el Proyecto de Ley de Presupuesto para el Ejercicio Fiscal 2023, 170.703 millones 832 mil 50 bolívares. 77.1% de este presupuesto va dirigido a la protección del pueblo.

Este 77.1% (131.698 millones) del Presupuesto 2023 se distribuye de la siguiente manera: en salud y seguridad social se destinará el 23%, en educación el 20%, en seguridad interna 16%, en desarrollo social 6%, en infraestructura productiva 4%, en desarrollo religioso 4%, en vivienda 3%, en cultura y comunicación social 2% y en ciencia y tecnología 2%. Vale aquí un comentario marginal, 4% para el desarrollo religioso y 2% para la ciencia y la tecnología, le dedicaremos más a la fe que a la ciencia, no sugiero que no sean compatibles una de la otra, pero por qué destinar más recursos a quienes desde el diezmo o desde el aporte religioso que hace un cristiano o un evangélico, por citar solo dos importantes congregaciones religiosas, aportan fortunas a sus arcas. No ha notado usted amigo lector, que el pobre que vive al lado de una iglesia o del culto, sigue viviendo en las condiciones más precarias de pobreza… Pero volvamos a lo nuestro, 131.698 millones de bolívares, 77.1% de 170.700 millones de bolívares. Al escribir esta nota, el tipo de cambio de referencia del Banco Central de Venezuela estaba en 15,57160000 bolívares (aún no llegamos al 2023). Y no nos metamos en esta ocasión en las últimas declaraciones de la CEPAL sobre decrecimiento económico: “En 2023 se espera continúe la desaceleración del crecimiento. La reducción de la inflación tenderá a moderar los incrementos de las tasas de política monetaria” y agrega además que “la economía de América Latina y el Caribe se desacelera y el crecimiento del año próximo, 1,3 por ciento”. Si bien es cierto que según la CEPAL en Venezuela, la economía se espera que para el 2023 siga su crecimiento, no debemos olvidar que el país no es una isla en este mundo global.   

¿Y por qué estas primeras líneas para comentar sobre algunos indicadores económicos? Resulta que este sábado 17 de diciembre de 2022, no solo mi abuela Gloria Divina estará de cumpleaños, 97 años bien llevados, sino que además, estaremos conmemorando 192 años de la muerte física del Padre Libertador Simón Bolívar, en menos de una década arribamos al Bicentenario. Pero es que también en el 2023, se cumplirán 200 años de la Doctrina Monroe. Fue aquel discurso de Monroe ante el Congreso estadounidense que los padres fundadores lanzaron la máxima de “América para los americanos”. Desde 1823, aquella bota de los “precursores de la democracia y la libertad”, que es lo mismo que afirmaba Monroe, “los Estados Unidos atesoran los más amistosos sentimientos en favor de la libertad y felicidad de sus semejantes de ese lado del Atlántico”. Es aquí donde radica la idea central para entender lo que nos plantea Pascualina.

“Hiperinflación, deterioro del poder adquisitivo, desfinanciamiento de la administración pública, caída del PIB, dolarización y desigualdad social”, es lo que dejan declaraciones como aquella de William Brownfield: «Si sancionamos a PDVSA tendrá un impacto en el pueblo y así se acelera el colapso aunque produzca periodos de tiempo de sufrimiento». Son los Monroe de la era moderna y no dejemos sin mencionar que en Venezuela también hay sus monroecitos, esos que Don Mario Briceño Iragorry identificaba como “pitiyanquis”.

Escribía Don Mario Briceño Iragorry en su ensayo, “Léxico para Antinacionalistas”:

“¿Y eso de pitiyanqui, qué significa, don Mario?”, me preguntaba en días pasados un modesto hijo del pueblo, con quien tropecé al doblar una de las tantas angustiosas esquinas del centro de nuestra pompeyana y babilónica capital. Inquiría el amigo sin nombre –porque en esto de la defensa de la nacionalidad topo con numerosos e imprevistos amigos– acerca del calificativo que en algunos escritos he dado a los compatriotas prestados a hacer juego a los intereses norteamericanos, en perjuicio de los sagrados intereses de Venezuela.

La palabra pitiyanqui no la he inventado yo. La palabra es puertorriqueña. La acuñó el alto poeta Luis Llorens Torres. (1) Su origen semántico quizá tenga algo que hacer con la florida imaginación del poeta. La voz piti, como alteración del francés petit, entra en la palabra pitiminí, recogida por la Academia, y con la cual se designa el rosal de ramas trepadoras que echa rosas menudas y rizadas. Llorens Torres, más que en las rosas, debió pensar en la actitud trepadora de los compatriotas que se rindieron al nuevo colonialismo.”

Pero Don Mario no se queda allí, deja clara la definición para los monroecitos criollos, Pitiyanqui resulta algo así como yanquicito, yanquito, yancuelo. Algo que pretende ser un yanqui, pero no llega jamás a serlo. Una manera de larva con alas tan rudimentarias que no alcanzan para el vuelo, pero que tiene, sin embargo, derecho a comer los manjares que sobran de la abundosa ración de la mariposa multicolora. Pero la definición no está solo circunscrita para quienes desde el desdén a la Patria, la nuestra o cualquiera de la América Latina y el Caribe le sirven a las elites políticas y económicas de Washington, del Pentágono y la Casa Blanca, sino también un justo calificativo para aquellos que desde la “progre” o la izquierda esa que mira al pueblo por encima del hombro se suma sin vacilación a los ataques contra el pueblo para justificar su sentir democrático.

En este orden o desorden de ideas, entonces pensaba en voz muy bajita, ¿Por qué no llamar a nuestra moneda nacional con otro nombre y no el de Bolívar? Desde 1879, cuando Antonio Guzmán Blanco, estableció el nombre de Bolívar como unidad monetaria. Bolívar lleva recibiendo golpe tras golpe, algunas mentadas de madre y unos cuantos actos de fe. Al Bolívar, a nuestro cono monetario hemos tratado de protegerlo; “Bolívar Soberano”, “Bolívar Fuerte” o “Bolívar Digital”, le hemos denominado para darle peso y que fallezca en el intento a merced de los grandes y chicos especuladores, pero sin éxito, eso hay que reconocerlo. Hasta ahora la especulación nos ha torcido el brazo en esta batalla.

Pero no perdamos el foco, nos es en la moneda donde está el foco central  de la agresión permanente a la que está expuesta el pueblo venezolano, la moneda, el Bolívar, es tan solo uno de los objetivos para aniquilar la idea mayor, el Proyecto País. Y no cualquier Proyecto, es el Proyecto Bolivariano, ese que nos dimos cuando por voluntad popular, en ejerció pleno de nuestra soberanía popular, inició un proyecto de transformación de largo aliento llamado República Bolivariana de Venezuela. Es sobre la idea Bolivariana que está el objetivo central. En el pasado los monroecitos han tratado de aniquilar la idea, ni siquiera se plantean tan solo su derrota sino su aniquilación  (Algunos sinónimos que nos deja el internet, asolación – demolición – desaparición – erradicación – exterminio – fulminación – liquidación – matanza – mortalidad). La historiografía venezolana que amparo a las grandes elites del pasado, tanto a finales del siglo XIX como durante el siglo XX (hay quienes ya tienen construida una nueva para el siglo XXI de hacerse con el poder), nos encerraron a Bolívar atrás de una fecha patria o bajo la narrativa aquella de: “Bolívar nació un 24 de julio de 1783 y murió en Santa Marta el 17 de diciembre de 1830”, “Bolívar fue amamantado  por la negra Hipólita” (incluso esa historiografía lo señalaba con una condición de clase para recordarnos que Bolívar, más bien la familia, eran poseedores de esclavos) o “El nombre del Libertador era Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco”. Casi que nos hacen pasar oculto, como de contrabando, las cartas, proclamas y escritos atesorados por el irlandés Daniel Florencio O’Leary. Pero como bien nos dice el poeta Gustavo Pereira en una entrevista, “Nuestro pueblo mitificó al otro: al justiciero, al ser sensible, culto, probo, generoso, valiente y audaz que del mismo modo que luchó, amó; que igual dormía a la intemperie que en palacio; que en sus luchas atravesó a caballo páramos y sabanas una y otra vez como nadie en el mundo, abandonando sus privilegios, conveniencias y comodidades de oligarca; que comía de su arepa y padecía de su sed, que lo dignificó y entregó cuerpo y alma en su única aspiración: la gloria. La gloria que le deparaba ser amado como Libertador.

En la entrevista al poeta Pereira le preguntan, “A 235 años de su natalicio, ¿cómo cree usted que deberían los venezolanos recordar al Libertador?”. La respuesta no pudiera ser más que ilustrativa para nuestra generación y las que vendrán. “Ojalá que a propósito de cada natalicio se honre a Bolívar de la manera no tradicional que se espera de una revolución que lleva su nombre. Recordando sus lecciones, claro, pero también desenterrando las pequeñas miserias que lo rodearon y ante las cuales muchas veces debió sucumbir en función del interés superior de la independencia y, lograda está, el de la unión hispanoamericana que una vez más, ahora mismo, es torpedeada por los mismos lacayos imperiales, con otros rostros, pero con los mismos intereses y objetivos y la misma desvergüenza”.

No olvidemos que nuestra Revolución lleva el nombre del Padre Libertador, el “Bolívar cultivó la constancia en el desamparo y la audacia en la dificultad”. Ante los 200 años de la Doctrina Monroe, se nos impone cultivar a Bolívar en pensamiento y acción para prepararnos ante los grandes desafíos que están por venir para Venezuela, para Latino América y el Caribe.

Que florezcan tantas sociedades bolivarianas en las escuelas, liceos, universidades, fábricas, campos y barrios, como clavelinas en las sabanas del llano.

Finalmente, quiero desearles a todas y todos en la idea de Frei Betto, un mensaje para este fin de año: “Feliz Navidad a quienes veneran el silencio como materia prima del amor y arrancan esperanzas de las cuerdas del dolor melódico. También a los que se acuestan en lechos de hortensias y bordan, con los delicados hilos de los sentimientos, alfombras de ternura”.

Nos encontramos en las luchas de los pueblos de la América Latina y el Caribe en el 2023.