Ni desclasado ni desprevenido.

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Por Miguel Ernesto Salazar

“Agrupémonos todos, en la lucha final. El género humano es la internacional”.
— Eugène Pottier. Fragmento de la letra de La Internacional. 1871.

“Luchad, seguid luchando por lo que es vuestro”.
— Maricarmen, 23 de septiembre de 2026.

La obra maestra de la política contemporánea no fue la creación del Estado de Bienestar ni la invención de los derechos humanos. El mayor triunfo sociológico de los últimos siglos es, sin lugar a dudas, el milagro de lograr que el ciudadano que viaja dos horas de pie en el transporte público defienda, con lágrimas en los ojos y el cuchillo entre los dientes, los intereses de quien viaja en jet privado.

Esta semana, cuatro hechos nos llevaron a reflexionar sobre el avance de los sectores más ultraconservadores a lo largo y ancho del mundo. El primero: la reflexión del amigo diputado Roy Daza sobre izquierda y derecha, y la alerta ante ese “meter gato por liebre” que nos quieren contrabandear con aquello que, a principios de la década de los noventa, se nos vendió como el “fin de la historia”: el fin de las ideologías para explicarnos lo que era un destino predeterminado sin escape. El segundo hecho fue la elección presidencial de Brasil, en la que lo más rancio de la derecha resultó votado en primera vuelta con un poco más de 56 millones de votos por encima de Lula Da Silva. El tercer hecho: una declaración de la presidenta de México caracterizando a este sector: “La derecha es una ideología que está contra el pueblo. Defiende el racismo, el clasismo y la supremacía de unos sobre otros”. Y el cuarto hecho: el fallecimiento de Maricarmen, una mujer de 87 años que fue “desahuciada de su casa de Retiro —Madrid—, en la que vivió durante siete décadas”. Falleció justo después de que el Congreso español, con la mayoría del voto de la derecha y del sector ultraconservador, votara en contra de sendos decretos que “mejoraban” el derecho de los españoles a una vivienda digna. El fallecimiento de Maricarmen ha desnudado una vez más al sistema capitalista mundial que la derecha aclama y defiende.

Para entender qué es verdaderamente la derecha, hay que abandonar la ingenua idea de que se trata simplemente de una escuela de pensamiento económico o una opción en el tarjetón electoral. En su estado más puro, la derecha es un proyecto de ingeniería social dedicado a conservar el orden establecido y proteger al capital mundial. Pero como vender un programa basado en «hacer más ricos a los ricos a costa tuya» tiene poco tirón electoral, el sistema perfeccionó una narrativa brillante para reclutar a sus propias víctimas.

La maquinaria de persuasión: el desprevenido y el desclasado

En esta maquinaria de persuasión destacan dos perfiles fundamentales que sostienen el andamiaje: el desprevenido y el desclasado.

El desprevenido es aquel que ha comprado el boleto de la «mentalidad de tiburón» a precio completo. Para él, la derecha no es un protectorado de las élites, sino el templo del esfuerzo individual. La doctrina que ha interiorizado es fascinante: dicta que la cuenta bancaria es el reflejo exacto del valor moral y la disciplina de una persona. Si estás detrás de tu quince y último, es por pura falta de voluntad; si eres multimillonario, es porque te levantaste a las 5:00 a. m. todos los días.

En el universo mental del desprevenido, el tablero de juego no tiene inclinaciones. Se ignora por completo que heredar una red de contactos VIP, capital libre de impuestos y un imperio inmobiliario facilita un poco las cosas. Al desprevenido se le convence de que nacer en la miseria es simplemente un reto motivacional, una oportunidad para «salir de la zona de confort». Acepta sin chistar que, por algún capricho del destino, él debe correr el maratón de la vida cuesta arriba, descalzo y con pesas en los tobillos, mientras aplaude a los que empezaron la carrera a un metro de la línea de meta.

Si el desprevenido es la base, el desclasado es el soldado de primera línea. Esta figura encarna una tragedia romántica moderna: es el asalariado, el profesional endeudado o el trabajador precario que asume como propia la agenda de las grandes fortunas. Milita ferozmente en contra de los impuestos a la riqueza, no vaya a ser que la semana que viene él despierte convertido en un magnate de la tecnología y el Estado decida confiscarle su yate imaginario.

La derecha ofrece al desclasado un trato irrechazable. A cambio de que entregue gustosamente sus derechos laborales, la calidad de su sanidad pública y la certeza de su pensión, se le entrega un paquete compensatorio, una “cajita feliz” que lo catapulta directo al sueño americano: un puñado de encendidas batallas culturales en redes sociales y un enemigo interno al que culpar de su frustración.

Así, el desclasado se desconecta de sus verdaderas necesidades materiales. Se olvida de que su salario no llega a fin de mes para concentrarse en defender símbolos, banderas o tradiciones abstractas. Termina militando a favor de los recortes sociales y la desregulación, convencido de que su propia precariedad no es explotación, sino un acto supremo de rebeldía y «libertad».

La privatización del lenguaje y el retorno a la materialidad

El triunfo definitivo de este modelo es la apropiación del lenguaje. La derecha logró redefinir la palabra «libertad», despojándola de cualquier garantía material. Hoy, esa libertad se traduce en el derecho a elegir qué multinacional te precariza, o la libertad de no tener seguro médico si no puedes pagarlo.

La derecha ha demostrado ser una maquinaria ideológica impecable. Su éxito no reside últimamente en imponerse por la fuerza, sino en el seductor arte de la prestidigitación: mantener la riqueza cómodamente resguardada en el ático, mientras convence a los inquilinos del sótano inundado de que achicar el agua con un balde pinchado los convierte en los heroicos y libres arquitectos de su propio destino.

Debemos tener siempre presente aquella idea del Comandante Fidel al Comandante Hugo Chávez: “En Venezuela no puede haber cuatro millones de oligarcas”. Y en este sentido, frente a la ola ultraconservadora que recorre el mundo, la izquierda —allí donde tenga la capacidad de gobernar— debe asumir su responsabilidad histórica, hoy más urgente que nunca: volver a anclarse en la materialidad de la vida.

Para que las Maricarmen del mundo no sigan pagando con su último suspiro la cuota de sacrificio que impone el modelo capitalista mundial, la izquierda debe abandonar los laberintos retóricos y asumirse como una alternativa genuina, tangible y eficiente. Debe demostrar que es capaz de resolver el angustioso día a día del ciudadano de a pie, ese que hoy grita a los cuatro vientos que su principal problema no es abstracto, sino brutalmente económico: el desafío de estirar un salario precario para poner, cada noche, un plato de comida en la mesa de su familia, o la angustia de no poder mantener una vivienda digna. Si no somos capaces de garantizar la dignidad material y el pan, cualquier discurso sobre el futuro seguirá siendo una promesa vacía y una oportunidad para que la derecha siga vistiéndose de alternativa.

Venezuela, tiene aún por hacer en este contexto, más de 5.5 millones de viviendas construidas, incluyendo las últimas para aquellas familias víctimas del doble sismo del 24 de junio y el reto de llegar a las 8 millones de viviendas para el 2031, debe darnos razones para seguir apostando a un mundo mejor.


COLUMNA «DESCIFRANDO EN ROJO Y NEGRO» • SERVIRALPUEBLO.ORG

Miguel Ernesto Salazar

Profesor en Geografía e Historia. Militante del Partido Unido Socialista de Venezuela. Miembro del Equipo Editorial de la Revista Pueblo En Armas.