“Yo soy el pan de la muerte
Víctor Valera Mora. El Apocalipsis según San Eduardo Gorila Frei. Obras Completas. Edición 2024.
Yo soy el pan letal bajado del Pentágono
Yo soy la sombra sobre los pueblos de América
Yo soy el perro guardián del capitalismo
Yo soy la tranca de puerta de la libertad
Yo soy el olvido y la muerte
Yo soy la basura de la historia
Yo soy el colmillo de los oligarcas…
¿Quién de vosotros me argüirá de piedad?”
“El personaje crucial en torno al golpe fue Abrams, que opera en la Casa Blanca como director del Consejo de Seguridad Nacional para democracia, derechos humanos y operaciones internacionales”.
“elDiario.es”. Fragmento de la nota, “Elliott Abrams: un nombre asociado a golpes e injerencias para liderar la estrategia de Trump en Venezuela”. 29 de enero 2019.
Aquí vuelo con todo y jaula, el Guachimán de la muerte la puso bombita para rebatir cada una de las fabulas, mentiras y amenazas que ha dejado colar el miedo del imperialismo a que un proyecto de sociedad distinto al que han impuesto a bala y sangre sobre la humanidad.
En un mundo donde el derecho internacional y la autodeterminación de los pueblos son principios fundamentales en esta resquebrajada convivencia global, resurgen voces ancladas en una doctrina de hegemonía y dominación. Las recientes declaraciones de Elliott Abrams, guachimán de la muerte, antiguo enviado especial de Estados Unidos para Venezuela, a la BBC Mundo, no son más que la reafirmación de una política fracasada que vestida ahora de una supuesta «operación antinarcóticos”, busca enmascarar un objetivo invariable, la aniquilación de la Revolución Bolivariana.
Abrams, figura nefasta por su historial en conflictos internacionales (Nicaragua y El Salvador durante la década de los 80 y 90, invasión de Irak 1991 y 2003, Venezuela, 2002 y 2019), defiende una estrategia que incluye presiones económicas, operaciones psicológicas, despliegues militares amenazantes e incluso la sugerencia de “ataques dentro de Venezuela” y asesinatos selectivos, comparándolos con el homicidio del comandante iraní Qasem Soleimani. Este discurso, lejos de estar basado en la legalidad o en el bienestar del pueblo venezolano, es la crónica de una injerencia anunciada.
Vale recordar especialmente, el protagonismo del Guachimán durante el denominado “escándalo Irán-Contras”, una operación financiada por la CIA en el gobierno de Ronald Reagan, donde el George Bush, padre, actuando como Vicepresidente y encargado de la CIA, estuvo al frente de rearme de los conocidos “Contras”, que luchaban contra la Revolución Sandinista en Nicaragua, utilizando recursos provenientes de la venta ilegal de armas a Irán (decenas de millones de dólares) para comprar droga de los grandes carteles del narcotráfico colombiano. Parte del fallo de la condena por parte del Tribunal Internacional a los Estados Unidos por injerencia señalaba: “Los Estados Unidos de América, al entrenar, armas, equipar, financiar y abastecer a las fuerzas contras o al estimular, apoyar y ayudar por otros medios las actividades militares y paramilitares en Nicaragua y contra Nicaragua han actuado infringiendo la obligación que les incumbe con arreglo al derecho internacional consuetudinario de no intervenir en los asuntos de otro Estado”. Con esto queda claro que el Guachimán del imperialismo sabe muy bien a que se refiere cuando habla del narcotráfico.
Abrams insiste en la narrativa de un “presidente electo”, Edmundo González, reconocido por “casi todas las democracias”. Esta afirmación ignora por completo la realidad jurídica y política de Venezuela, el 28 de julio de 2024, el pueblo venezolano acudió masivamente a las urnas en unas elecciones presidenciales ampliamente observadas y validadas por numerosas misiones internacionales, incluyendo técnicos de la ONU y la UE, que consolidaron al Presidente Nicolás Maduro como el legítimo mandatario del país.
El fulano presidente electo González no presentó ni una sola prueba de su victoria ante el Tribunal Supremo de Justicia. No olvidemos las actas que corrían en las redes sociales que sustentaban el supuesto triunfo de González, la gran mayoría, eran actas adulteradas o forjadas. Tampoco dejemos fuera de la memoria los llamados Comanditos de María Corina Machado, que intentaron torcer el triunfo y sembrar el terror el 29 y 30 de julio, estuvieron combinados con grupos criminales vinculados al Tren de Aragua, al Tren del Llano, a las bandas criminales de El Wilexis, Bataneros del 70, El Macua, Los Chevrolet y El Niño Guerrero. Igualmente, en la frontera colombo-venezolana, paramilitares ligados al Cartel de Sinaloa de México, “Disidencias de la FARC” y a la inteligencia militar colombiana, bajo la coordinación de la CIA y la DEA, preparaban el asalto a territorio venezolano para sumarse al plan de los comanditos. Todos estos grupos financiados con recursos del narcotráfico. El Guachimán de la muerte, repetimos, es un amplio conocedor de este tipo de operaciones.
En este contexto, la constitución venezolana y su sistema electoral fueron el único camino para definir la presidencia, no el reconocimiento selectivo de potencias extranjeras. La insistencia en una figura de oposición como presidente “legítimo” es un anacronismo de la fallida estrategia de 2019, que buscó imponer a Juan Guaidó mediante un autoproclamación carente de toda base constitucional y de respaldo popular real.
La justificación esgrimida para la amenaza militar es, según Abrams, una operación antinarcóticos. Sin embargo, como bien lo ha denunciado el Presidente Maduro, este argumento es una cortina de humo. Venezuela no es un país productor de hoja de coca o cocaína. La inmensa mayoría del narcotráfico regional se origina y transita por otras rutas, y el gobierno venezolano ha demostrado con hechos su compromiso en la lucha contra este flagelo. “El poco porcentaje del 100% de la cocaína que se produce en Colombia… apenas el 5% intenta pasar por Venezuela y de ese 5% nosotros estamos capturando casi todo ya y quemándolo y destruyéndolo. Un gran esfuerzo. Con pruebas, público, notorio”, señalo recientemente el propio Presidente Maduro. La incapacidad de Abrams y el gobierno de EE.UU. para presentar pruebas concluyentes que vinculen al Estado venezolano con el narcotráfico recuerdan peligrosamente a los pretextos de “armas de destrucción masiva” utilizados para invadir Irak. ¿Cuánta droga han logrado incautar durante el bombardeo a lanchas en el Caribe y el Pacfico? ¡CERO! ¿Cuántas redes del narcotráfico han logrado desmantelar durante la incursión militar del Comando Sur en el Caribe y el Pacífico? ¡NINGUNA!
Hasta la fecha, los Estados Unidos han llevado a cabo al menos 13 ataques que han causado la muerte de al menos 57 personas en el Caribe y el Pacífico Oriental.
El Presidente Maduro, sobre estas acciones, se ha expresado con claridad meridiana: “Lo que está buscando la clase económica que hoy tiene el poder en EE.UU., es el petróleo y el gas y el oro de Venezuela. Quieren nuestra riqueza”. Esta no es una mera declaración retórica. Es la constatación de un patrón histórico de intervención estadounidense en la región. El interés no es la democracia ni los derechos humanos, sino el control de las vastas reservas de petróleo, gas, oro, coltán y agua que posee la nación suramericana.
Abrams menciona que, si se levantan las sanciones, Venezuela podría producir “un millón y medio de barriles de petróleo al día”. Esa misma frase delata la verdadera naturaleza de las sanciones, un acto de guerra económica diseñado precisamente para estrangular la producción y generar caos, con el fin de justificar posteriormente una intervención que “libere” esos mismos recursos. A pesar de los deseos del Guachimán de la muerte, durante el 2025, Venezuela ha aumentado su producción petrolera por encima del millón de barriles diarios. Bastante hemos caribeado para hacer frente a las agresiones imperialistas y mantener a flote la nave.
Frente a las amenazas de ataques militares, operaciones encubiertas y presiones sicológicas, Venezuela se erige sobre el pilar inquebrantable de su soberanía. El despliegue militar estadounidense en el Caribe es una flagrante violación de la Carta de las Naciones Unidas y una amenaza a la paz y la seguridad regional, tal como lo han denunciado expertos independientes de la ONU.
La comunidad internacional tiene ante sí una elección clara, entre avalar la ley del más fuerte, donde un país se arroga el derecho de decidir quién gobierna en otro, o defender el multilateralismo y el principio de no intervención. La República Bolivariana de Venezuela, con su gobierno legítimamente electo, tiene el derecho inalienable a resolver sus asuntos internos sin ultimátums ni amenazas. ¿Acaso 165 naciones que le han dicho NO al bloqueo sobre el pueblo cubano, no indican nada? ¿Un puñito de siete naciones remando contra la corriente de multilateralismo y el principio de no intervención, no enseña nada?
La advertencia del Presidente Maduro es un llamado a la conciencia: “¿Qué buscan en Venezuela? Un cambio de régimen para robarse el petróleo, para robarse el gas, para robarse el oro…”. El pueblo venezolano, heredero de la lucha libertadora de Simón Bolívar, ya ha dado su respuesta en las urnas. Más de 30 elecciones en 25 años. Cualquier intento de quebrar su voluntad no solo está condenado al fracaso, sino que profundizará el repudio continental hacia una política exterior que el siglo XXI ya no puede tolerar.
El Guachimán de la muerte, está de espalda a la humanidad, representa al imperialismo asesino, que mata en el Caribe, mostrando el destino que quieren imponerle a la tierra de Bolivar.
La historia, con su peso de verdades y lecciones, ya ha juzgado a los Elliott Abrams y a la doctrina de dominación que representan. Su discurso no es solo una reliquia venenosa de la Guerra Fría, sino un manual de fracasos cuyas páginas están manchadas con la sangre de pueblos desde Centroamérica hasta Oriente Medio. Hoy, ese mismo guion de muerte se intenta aplicar sobre Venezuela, pero hay una diferencia fundamental, este es un pueblo que ha forjado su conciencia en la resistencia, que ha aprendido a leer entre las mentiras del imperio.
Frente a la arrogancia interventionista, la respuesta venezolana es clara e irrevocable: ¡Nunca más! Nunca más un poder extranjero decidirá quién gobierna en esta tierra. Nunca más el petróleo, el gas o el oro serán botín de guerra para satisfacer la avaricia de unos pocos. Nunca más la soberanía será negociable.
Que quede claro, el Guachimán de la muerte puede seguir ladrando a las puertas de la Patria, pero la Revolución Bolivariana sigue en pie, vigilante y firme, defendiendo con hechos y con verdades el derecho sagrado a la paz, a la autodeterminación y a la vida. Su legado de injerencia y muerte será, como ya anuncian los pueblos y confirma la historia, arrojado al basurero de la infamia.
¡Venceremos!
