“Es bueno, recalcar que todo esto lo hacemos nosotros en medio de asedio, bloqueo, sanciones, persecuciones, amenazas, todos los días. ¿Y nuestro Pueblo qué hace? Cumplir, nuestro Pueblo no se intimida, nuestro Pueblo sabe lo que tiene que hacer y lo está haciendo”.
Primer Vicepresidente del PSUV, Diosdado Cabello. Rueda de prensa de la Dirección Nacional del PSUV. 17 de noviembre de 2025.
“La memoria no es para quedarnos en el pasado, nos ayuda a iluminar el presente y a construir nuevas posibilidades de vida”.
Adolfo Pérez Esquivel. Entrevista Universidad Nacional de Quilmes. 23 de marzo de 2020.
La reciente consulta popular en Ecuador, donde más del 60% de la ciudadanía rechazó la posibilidad de instalar bases militares extranjeras (gringas), trasciende con creces el ámbito de la política doméstica de la nación ecuatoriana. No se trata meramente de una derrota para el “presidente” Daniel Noboa, sino que está cargada de alto contenido simbólico de profunda resonancia continental. Es un veredicto claro que, leído en el contexto geopolítico actual, se erige como una expresión colectiva de América Latina y el Caribe contra las persistentes sombras del imperialismo. Un resultado que, lejos de ser aislado, valida la postura de naciones como Venezuela y desnuda la agresión renovada de los Estados Unidos, al tiempo que se inscribe en el anti imperialismo bolivariano de los pueblos de nuestra Patria Grande. América Latina y el Caribe como Zona de Paz, proclamada a través de la II Cumbre de la CELAC, celebrada en La Habana los días 28 y 29 de enero de 2014, no es una insinuación, sino la convicción soberana de continente entero.
Frente al histórico y persistente acecho de la política neocolonialista del imperialismo estadounidense, que busca fragmentar y subyugar a la región para garantizar su hegemonía, el ideal bolivariano de integración surge como un acto de insurgencia y soberanía. La visión de Simón Bolívar de construir la Gran Colombia no fue un mero capítulo histórico, sino la fundación del principio político antagónico al orden imperial, la unión como único antídoto contra la dominación extranjera y contra el monroísmo. Este principio bolivariano, lejos de haberse disuelto en el siglo XIX, se ha transformado en un imperativo estratégico. Mientras el poder estadounidense ha perpetuado su influencia mediante mecanismos de dependencia económica y coerción política—como el intento de convertir a Ecuador en un «laboratorio hemisférico» de seguridad—, el sueño del Libertador, revitalizado por Hugo Chávez, se erige sobre la solidaridad, el respeto mutuo y la complementariedad. Proyectos como el ALBA-TCP, la Unasur y la Celac son la materialización concreta de esta resistencia, encarnando un modelo de cooperación sur-sur diseñado explícitamente para «contrarrestar la hegemonía imperial» y construir un mundo pluripolar.
La declaración de la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, captura este sentimiento profundo. Al señalar que el voto ecuatoriano “habla de un sentimiento en América Latina”, no hacía más que nombrar la conciencia colectiva que entiende que la cesión de soberanía, incluso bajo el seductor disfraz de la «cooperación en seguridad», es la antítesis del proyecto integracionista. El rechazo no es a la colaboración, ni mucho menos contra el pueblo estadounidense sino a un modelo de las elites de Washington que concibe a la región como un “patio trasero”. En clara oposición al neocolonialismo que busca saquear recursos y debilitar los estados nacionales, la Revolución Bolivariana ha inscrito en su constitución la integración como un mandato, un “único camino para garantizar la libertad y soberanía”. Esta no es una mera retórica, sino la comprensión crítica de que la fragmentación facilita el dominio foráneo. De allí que seamos una amenaza “inusual y extraordinaria” a la seguridad nacional y a la política exterior de esta elite.
El proyecto de la administración Trump y de su Secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, era la encarnación misma de esta lógica divisionista. Ecuador, sumido en una crisis de inseguridad, bajo control de las mafias del narcotráfico y bajo el amparo del “presindente” Novoa, fue visto como la vitrina perfecta para revertir uno de los logros soberanos más significativos de la región; la prohibición constitucional de bases extranjeras. El plan no solo incluía un despliegue semipermanente de tropas, sino también la puerta de entrada para un actor aún más opaco, el ecosistema de empresas de seguridad privada, con la sombra de Blackwater y su fundador, Erik Prince, merodeando los puertos ecuatorianos. Prince, el “mercader de la inmigración” y un estafador compulsivo -recuerden “Ya Casi Venezuela”-, lo dejó claro, su interés en Ecuador radica en que “está en el hemisferio occidental”. Una frase que delata una visión geopolítica donde la proximidad geográfica equivale a un derecho de injerencia.
Es en este punto donde el “No” ecuatoriano se convierte en la contraparte democrática de la resistencia bolivariana y le da una contundente razón a Venezuela. Mientras Quito rechazaba en las urnas la presencia militar extranjera, Washington intensificaba su agresión contra Caracas. La acumulación de un poder de fuego sin precedentes en el Caribe—con el portaaviones USS Gerald R. Ford y misiles Tomahawk—bajo el pretexto de combatir el “narcoterrorismo”, es la otra cara de la misma moneda coercitiva. Son tácticas diferentes de una misma estrategia, fracturar cualquier intento de autonomía regional. Así, el proyecto bolivariano, desde Bolívar hasta Chávez y Maduro, representa la conciencia geopolítica de que la verdadera independencia en el siglo XXI es colectiva o no es.
El pueblo ecuatoriano, en su sabiduría colectiva, entendió que la lucha contra la violencia interna no se resuelve externalizando la seguridad nacional, sino fortaleciendo la soberanía y, por extensión, la capacidad de integración regional. Al defender el artículo 5 de su Constitución, Ecuador no solo protegió su territorio; defendió un principio fundamental para toda Nuestra América, el derecho de los pueblos a articularse como un polo de poder soberano. Por lo tanto, el resultado del referéndum es más que un triunfo del “No”. Es un mensaje dirigido a Washington y una reafirmación para los pueblos, frente a un imperialismo que bloquea y amenaza, la vigencia del sueño de Bolívar es la afirmación de que la región sólo podrá salvarse defendiéndose del nuevo colonialismo y alcanzando, por fin, la integración de sus pueblos. El “No” de Ecuador es un “Sí” rotundo a la integración, un acto de insurgencia soberana de los pueblos de nuestra Patria Grande en el camino hacia la segunda y definitiva independencia.
El 2026 no conmemoraremos a Bolívar; lo encarnaremos en la acción. Como señaló el compañero Maduro, ha llegado el momento histórico de convocar un nuevo capítulo Congreso Anfictiónico. Pero cuidado, este Congreso no será un teatro de discursos. Debe ser el salto definitivo de la utopía a la trinchera, una arquitectura de poder concreto para nuestros pueblos nacido desde su participación y protagonismo. Intervendremos con fusiles dialécticos, no con ramos de flores retóricas. Y en esta trinchera de ideas, hacemos nuestra la verdad del Comandante Fidel Castro, las armas esenciales son las ideas y las conciencias. Nosotros, los hijos de esta América profunda, de Bolívar y Martí, somos quienes las sembraremos y haremos invencibles. ¿Es un sueño? No.
No, porque es objetivamente inevitable y no existe alternativa. Ya fue soñado, tal vez prematuramente, por el más iluminado de los hijos de esta tierra, José Martí, quien nos legó la certeza de que “los sueños de hoy serán las realidades de mañana”. Por eso, aquí y ahora, habrá que aportar ideas para hacer realidad la Patria Grande socialista, o moriremos en el intento.
¡Patria o Muerte!
