«Nuestro país es un país pequeño, nuestro territorio puede ser, incluso, parcialmente ocupado por el enemigo, que eso no querría decir jamás cese de nuestra resistencia; pero el mundo es grande y los imperialistas están en todas partes, ¡y para los revolucionarios cubanos el campo de batalla contra el imperialismo abarca a todo el mundo!».
Comandante Fidel Castro. Discurso ante la Conferencia Tricontinental.15 de diciembre de 1966.
La operación criminal contra Venezuela y la ejecución política de la ciudadana estadounidense Renée Good no son anomalías de un gobierno excéntrico ni la consecuencia de la acción del demonio naranja que esta de turno en la Casa Blanca. Son la expresión descarnada de un imperialismo que, ante su crisis orgánica, abandona toda fachada y recurre al lenguaje primario de la fuerza. Frente a este asalto a la esperanza que busca instaurar un nuevo orden de dominación unilateral, los pueblos de Nuestra América y del Sur Global no parten de cero. Cuentan con un faro histórico y un arsenal de ideas probadas en la lucha, el legado de la Conferencia Tricontinental de 1966. A sesenta años de aquella cita en La Habana, y en el marco del bicentenario del Congreso Anfictiónico Bolivariano, su mensaje es más urgente que nunca, la respuesta a la agresión debe ser la unidad combativa en esta guerra prolongada, la solidaridad activa y la construcción de un proyecto de liberación que una la soberanía nacional con la dignidad de los pueblos.
La administración del demonio naranja gobierna mediante el espectáculo de la destrucción, devastación del orden internacional, de las instituciones multilaterales, de los derechos humanos y, finalmente, de la vida de quienes se le oponen. Venezuela fue el ensayo general de esta doctrina. No se trató de una intervención geopolítica convencional, sino de un acto performativo destinado a transmitir un mensaje, las reglas han muerto, impera la ley del más fuerte. Este desprecio demostrativo por el derecho internacional es el «clavo en el ataúd» que Fidel Castro y los jóvenes revolucionarios de los tres continentes ya denunciaban en 1966. Lo que hoy vemos no es una novedad, sino la máscara cayendo. Es el mismo imperialismo que asesinó a Mehdi Ben Barka, Patrice Lumumba y Amílcar Cabral, ahora despojado de sus hipocresías.
Ante este desafío, la resistencia no puede ser solo reactiva ni limitarse a la mera defensa de un statu quo internacional que siempre fue injusto. La Tricontinental nos enseñó que la lucha debe ser ofensiva en su horizonte y radical en su contenido. No basta con reclamar soberanía –el principio de no intervención que heredamos de Bandung (Indonesia, 1955)–. Es necesario levantar la bandera de la dignidad, que exige ir más allá de la independencia formal para democratizar el poder, distribuir la riqueza y garantizar la justicia social. La consigna del Che Guevara, «crear dos, tres… muchos Vietnam», era un llamado a multiplicar los focos de lucha y a internacionalizar la resistencia. Hoy, eso significa fortalecer todos los espacios de integración Sur-Sur, desde los BRICS hasta la CELAC, y dotarlos de un contenido popular y antiimperialista que enfrente no solo al intervencionismo militar, sino también al neocolonialismo económico y a la guerra cultural. Pero además impone la necesidad de unir a los pueblos del Sur, de Nuestra América, en una lógica de resistencia que haga cara a la agresión yanqui.
El asesinato de Renée Good por las fuerzas paramilitares de ICE es la lógica interna de este imperialismo llevada a su territorio doméstico. Es la misma lógica que masacra palestinos en Gaza, bloquea a Cuba, desestabiliza a Bolivia y asesina con bombas a ciudadanos venezolanos. Revela que el enemigo es uno solo, un sistema que recurre a la violencia sin límites para preservar su dominio. Por ello, la solidaridad no puede ser un gesto retórico. Debe ser, como en el espíritu de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL), una práctica concreta de denuncia, apoyo mutuo y acción coordinada. La defensa de Venezuela y Cuba, de la Revolución Bolivariana y la RevoluciónCubana, es en este momento la trinchera principal de esta batalla, porque sus caídas sería una catástrofe estratégica para todo el proyecto de emancipación de Nuestra América.
En este camino, la conmemoración del bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá (1826) adquiere una potente actualidad. Bolívar convocó a las repúblicas hermanas a una «liga verdaderamente americana» para defenderse de las pretensiones imperiales de la Santa Alianza y los incipientes designios de la Doctrina Monroe. Su sueño de una gran confederación soberana fue saboteado por los intericios localistas y la sombra del Norte. Dos siglos después, la necesidad de esa unión es una cuestión de supervivencia. El proyecto bolivariano debe ser relanzado no como una nostalgia, sino como una herramienta de soberanía colectiva para el siglo XXI, inspirada en el principio tricontinental de «unidad sin unicidad», que respeta la diversidad de caminos pero fortalece un frente común inquebrantable. Necesario es cerrarle el paso a convocatorias como la del presidente de Panamá, José Raúl Mulino, quien pretende servir un nuevo escenario para el espectáculo del demonio naranja. El Bicentenario del Congreso Anfictiónico es, y debe ser, una acto de acción legítima de insurgencia contra la agresión gringa.
La administración del demonio naranja cree que el mundo se rige por la «ley de hierro» de la fuerza. Los pueblos del Sur, herederos de Bandung, de la Tricontinental y de Bolívar, sabemos que la historia la escriben los que luchan. Frente al espectáculo de la dominación, opongamos el fuego sagrado de la organización. Frente a la política del desprecio, levantemos la política de la dignidad. Es hora de convertir el bicentenario en un punto de partida, por la segunda y definitiva independencia, forjemos la gran alianza anfictiónica de nuestros pueblos. La esperanza no se asalta; se defiende, se multiplica y se conquista.
Pa’ luego es tarde.
