Un mes: entre la tensión y el aguante.

“Podemos estar seguros de que en 30 años ya no viviremos bajo el sistema-mundo capitalista. Pero, ¿en qué sistema viviremos entonces? Podría ser un sistema mucho mejor o mucho peor. Todas las posibilidades están abiertas. La solución la encontraremos cuando se resuelva el conflicto entre lo que yo denomino el espíritu de Davos y el espíritu de Porto Alegre.”

Immanuel Wallerstein. Madrid 2009.

«Frente a una situación de esta magnitud, la respuesta no es evadirla ni minimizarla, sino asumirla con plena conciencia de la realidad. Reconocer su alcance, sin autoengaños, es una condición previa para cualquier acción eficaz. Solo desde ese entendimiento puede elaborarse una estrategia, identificar fortalezas y límites, construir alianzas reales, movilizar voluntades internas y externas y activar otros instrumentos, entre ellos, el derecho internacional.»

Leopoldo Puchi. ¿El intento de tutela: Cómo revertirlo?, El Universal. 01 de febrero de 2026.

Hace poco un grupo de compañeros teníamos un debate a partir de una pregunta lanzada por el amigo Gregorio Pérez Almeida: ¿Alguien podría dar un ejemplo, tan sólo uno, aunque sea ficción, que verifique la «decadencia indetenible» del imperio estadounidense?

La pregunta inicial parecía sencilla de resolver. Encontrar un ejemplo, aunque sea ficticio, que ilustre la «decadencia indetenible del imperio estadounidense». La novela American War de Omar El Akkad nos ofrece una alegoría poderosa, una Segunda Guerra Civil estadounidense en un futuro devastado por el cambio climático, donde la propia geografía y cohesión social del coloso se desintegran. Sarat Chestnutt, la protagonista, se transforma de refugiada en terrorista, mostrando cómo el imperio podría devorarse a sí mismo desde dentro, radicalizando a los propios hijos de los padres fundadores.

Pero aquí radica precisamente la trampa de la «narrativa de decadencia». Como bien se señala, confundir pérdida de hegemonía absoluta con decadencia indetenible es un error estratégico de graves consecuencias para la humanidad. Estados Unidos sigue siendo la primera potencia militar, científica y cultural del mundo. Su crisis, más que un ocaso lineal, parece un estado crónico del cual ha sabido emerger, reinventarse y proyectar fuerza una y otra vez a lo largo de su historia. Y Trump la proyecta en su idea de «Edad de Oro», el «Make America Great Again» o en nuestro caso con cable a tierra con el llamado Corolario de Trump que coloca el cartel de propiedad sobre el Hemisferio Occidental.

Los datos objetivos muestran una transformación geoeconómica innegable: El dólar, aunque dominante, ya no es hegemónico absoluto. El PIB ajustado por paridad de poder adquisitivo sitúa a China a la cabeza, en un mundo que se configura como multipolar. La unipolaridad del período post-1991 está quebrada.

Esto no es decadencia en el sentido de un derrumbe, sino un desplazamiento relativo del centro de gravedad global. Como apuntaba el sociólogo y científico estadounidense Immanuel Wallerstein, el traslado de la hegemonía rara vez es pacífico, pero no implica la desaparición del polo anterior. Estados Unidos se asemeja, en efecto, a una «fiera herida», acorralada por rivales como China y por sus propias contradicciones internas, pero de una peligrosidad extrema. El triunfo político de un conservadurismo blanco y cristiano nacionalista, la militarización de la política interna y la profunda fractura social son síntomas de una guerra civil que podría, hipotéticamente, acelerar una crisis mayor. Sin embargo, sería ingenuo subestimar la resiliencia de sus estructuras de poder, que controlan todas las instituciones clave. ¿Cree usted que el Estado Profundo gringo se va a quedar de manos cruzadas?

Aquí es donde la sabiduría contenida en la anécdota de Moisés Moleiro, de un artículo titulado, “El “doñismo”, ideología dominante”, proporcionado por otro participante de la diatriba, se vuelve luminosa y esencial: «Por la seguridad del “comandante”, nos reuníamos con la gente del MIR en sitios recónditos de barrios. Una noche en un sucucho de mala muerte al final de la Av. Baralt. Moisés va al baño, intenté seguirlo, pero me dice que no hace falta. Pasan unos minutos, un estruendo al fondo, corro allá, cae alguien al piso y Moisés, acelerado, “grita, vámonos poeta”. Me cuenta “estaba en el urinario y detrás de mí se paró un moreno grande y me orinó desde la cintura hasta donde quiso- ¿Y tú qué hiciste?, inquirí- “Nada: esperé que se vaciara, baje la cabeza y salí humildemente. Afuera agarré una botella llena, me paré en la puerta y cuando salió se la estrellé en la cara. Nunca hay que responder en el momento y lugar en que el enemigo esté preparado».

Frente a un adversario más fuerte y preparado en el momento y lugar que él elige (el «moreno grande» en el baño), la respuesta instintiva y airada puede ser fatal. La verdadera fortaleza no está en la confrontación inmediata, sino en la paciencia, la humildad táctica y la capacidad de elegir el terreno y el momento propios para actuar («afuera agarré una botella llena… se la estrellé en la cara»).

Esta es la lección que trasciende y da profundidad a la experiencia venezolana y de muchos pueblos bajo agresión. No se trata de negar la asimetría del poder. Se trata de la sabiduría estratégica forjada en la adversidad, la firmeza que se alimenta de la paciencia, la resistencia que no es pasividad sino cálculo frío, la comprensión de que, en un enfrentamiento prolongado, la moral, la cohesión social y la inteligencia a menudo pesan más que la pura fuerza bruta en el corto plazo, sobre el cual no tendríamos nada que más que la aniquilación. Se trata en definitiva de contemplar todas las formas de lucha. En respuesta a la ofensiva capitalista global y los desafíos internos de inicios del milenio, el Comandante Fidel Castro impulsó la Batalla de Ideas, encarnando los principios centrales de su liderazgo revolucionario. Su praxis se caracterizó por una determinación inquebrantable, una febril capacidad organizativa y una comunicación constante con el pueblo. Combinó tácticas creativas y una estrategia audaz para conquistar, defender y expandir el poder, creando instrumentos al servicio de la Revolución. Su esencia fue la de un educador masivo, cuyo objetivo último era la concientización y el levantamiento espiritual del pueblo, para convertir la política en una propiedad colectiva.

Hablar de la «decadencia indetenible» de EE.UU. puede ser un espejismo peligroso que nos lleve a errores de cálculo. La historia de Roma no cayó solo por invasiones bárbaras; cayó por una lenta erosión interna de su modelo económico esclavista y su cohesión política, dando paso a un nuevo mundo. Estados Unidos está en medio de sus propias convulsiones, cuyo desenlace es incierto. A diferencia de Roma, Estados Unidos conserva una capacidad de innovación institucional y adaptación geopolítica que le permite reconfigurar su influencia, aunque ya no como hegemón unipolar, sino como un actor central en un escenario multipolar donde su «decadencia» no es un colapso abrupto, sino una transformación conflictiva y prolongada del orden global.

El mismo compañero que citaba a Moleiro, en medio del debate nos compartía su consigna, «¡Tiembla burguesía que tus milenios están contados!», que pareciera colocarnos en camino con esperanza histórica pero con los pies anclados en el tiempo y espacio. Pero la verdadera lucha liberadora requiere más que esperanza; exige la claridad de Moleiro, saber cuándo pasar agachado para poder, en el momento preciso, romper la botella en la cara de la opresión. La firmeza del pueblo venezolano, y de todos los pueblos que resisten, y en especial, la de firmeza de Nicolás y Cilia, reside precisamente en esa combinación de paciencia histórica y voluntad inquebrantable, en entender que el camino es largo, que el imperio, aunque herido, es peligroso, y que la victoria final no se gana en la reacción impulsiva, sino en la estrategia serena y persistente. Hay una frase de la película “Unbroken” sobre la vida de Louis Zamperini, muy pertinente: «Si puedes soportarlo, puedes hacerlo… Sólo tienes que creer que puedes».  En lo personal, la entereza de Nicolás y Cilia, en las propias entrañas del monstruo aguantando la adversidad me dan motivos suficiente para creer que si podemos hacer frente a semejante bestia imperial. El sacrificio de quienes cayeron enfrentando a una fuerza, militarmente superior, nos dejan un rastro para darle sentido y valor a la palabra resistencia.

El futuro no es una apuesta a una guerra civil ajena como «salvación». Es la construcción paciente, inteligente y unida de un mundo multipolar, donde la dignidad de los pueblos se afirme no solo frente a un imperio en transición, sino en la capacidad de forjar, con sabiduría y firmeza, su propio destino.

Ya el compañero, Diosdado Cabello, conceptualizaba este esperar en la bajadita como la «paciencia estratégica» que impone ante escenarios complejos, como la agresión de los Estados Unidos, una forma de resistencia que combina la firmeza ideológica con la gestión prudente de los tiempos.

La RAE, define al chantaje como forma de extorsión o presión que se ejerce sobre alguien mediante amenazas, usualmente para obtener dinero u otro beneficio. Y los Estados Unidos chantajea a nuestra nación con más de de 30 millones de venezolanos bajo la amenaza de volar el sistema eléctrico o el sistema hídrico, anteponiendo el caos a la paz. Entonces, nuestra «paciencia estratégica» sobre la fiera herida pasa por tres objetivos principales: preservar la paz de la República, fortalecer la unidad del chavismo y mantener el poder político.

Incluso, la Presidenta Encargada Delcy Rodríguez lo ha dejado claro: “Las amenazas y chantajes vinieron desde el primer minuto desde que secuestraron al Presidente, por lo que hay que ir con paciencia y prudencia estratégica; con objetivos muy claros”.

Por ello, el ejemplo más contundente que emerge no es el de un imperio en decadencia, sino el de un pueblo que, bajo una presión extrema, ha cultivado la sabiduría estratégica del aguante. Un pueblo que, al negarse a ser provocado en el terreno del conflicto inmediato que el imperio prepara, está escribiendo su propia lección de resistencia histórica. Mientras Estados Unidos navega sus convulsiones internas y la incertidumbre de un mundo multipolar, Venezuela, con esta paciencia activa, demuestra que la dignidad no se mide por la fuerza del golpe que se recibe, sino por la inteligencia serena con la que se prepara la respuesta y se defiende, contra viento y marea, el derecho a forjar un destino propio.

Finalmente, en el marco de una agresión militar que secuestró a un presidente constitucional y a su esposa, la primera combatiente, una diputada en ejercicio —Nicolás y Cilia—, acto que constituye un acto de guerra (recordemos que el propio Nicolás Maduro se ha declaro un prisionero de guerra), se impone la resistencia a través de la memoria activa y la movilización de todo el pueblo. Esta debe ser un ancla contra el olvido que la vorágine cotidiana y la manipulación mediática imperialista buscan imponer, silenciando su gravísima situación y pretendiendo normalizar su ausencia como si no fuera un contratiempo para la patria. Secuestraron un Jefe de Estado elegido democráticamente por el pueblo.  Frente a este intento de hacer invisible su secuestro y aislamiento, y de convencer de que el país sigue su curso sin ellos, la conciencia colectiva debe ratificar incansablemente la verdad, Nicolás y Cilia, son pilares del proyecto bolivariano, injustamente privados de libertad. Por eso, en el corazón de la lucha por la soberanía, los queremos libres, y ese clamor es el sustento más firme de la resistencia.

Miguel Ernesto Salazar

Profesor en Geografía e Historia. Militante del Partido Unido Socialista de Venezuela. Miembro del Equipo Editorial de la Revista Pueblo En Armas.