Resurrección, la Praxis de la esperanza.

En memoria de Joseba Lazcano SJ, los mártires de El Salvador y los caídos en combate el 3 de enero de 2026.

«Fuera de los pobres no hay salvación».

«Fuera de los pobres no hay salvación».
Jon Sobrino, «Extra pauperes nulla salus». Pequeño ensayo utópico-profético, 2006.

«Sentimos una profunda admiración por la capacidad de nuestro pueblo para mantenerse unido en los momentos difíciles, para expresar amor, conciencia y solidaridad, dentro de Venezuela y más allá de nuestras fronteras. Ese amor que ustedes nos hacen llegar se convierte en fuerza moral, en fortaleza interior y en compromiso con los valores más altos de la vida».

Nicolás Maduro y Cilia Flores. Mensaje al pueblo venezolano, 28 de marzo de 2026.

​Un 29 de marzo de 2020, el Papa Francisco publicaba en sus redes: «En el Evangelio de hoy (Jn 11, 1-45) Jesús nos dice: ‘Yo soy la Resurrección y la Vida… ¡Tened fe!’ En medio del llanto, seguid teniendo fe, incluso cuando parece que la muerte ha vencido. Dejad que la Palabra de Dios traiga de nuevo la vida donde hay muerte».

​Para el creyente, Jesús ha vencido al pecado y destruido la muerte; sin embargo, en nuestra historia terrena, la potencia de su Resurrección es un proceso en constante realización. Esa fuerza, como un pequeño brote de luz, nos ha sido confiada para que la cuidemos y la hagamos crecer. En estos días santos, para el mundo cristiano y católico, la idea de «resurgir» adquiere una dimensión trascendental. La Semana Santa es la victoria sobre la muerte, la injusticia y la mentira.

​La Resurrección no es solo un milagro metafísico; es, ante todo, un acto de justicia. Dios resucita a un «crucificado», lo que implica que toma partido por quienes hoy siguen siendo martirizados por la pobreza y la opresión. Es la fuente de una «esperanza contra toda esperanza». Creer en el Resucitado exige luchar contra los «ídolos de muerte» —el hambre, la guerra, la explotación— que niegan la vida que la Providencia desea para la humanidad.

​Desde la perspectiva del teólogo Leonardo Boff, cada acto de solidaridad, cada Comuna que resiste y cada movilización patriota constituye una «mini-resurrección». La lucha actual no es un esfuerzo en vano; la resistencia comienza con la voluntad de un pueblo que se niega a ser tutelado por Washington.

​Boff conecta la Resurrección con la realización de todas las utopías humanas y la dignidad del «pobre» como sujeto histórico. Bajo esta óptica, Nicolás Maduro y Cilia Flores cobran un nuevo valor. Su actual Vía Crucis —el secuestro que padecen desde el 3 de enero— es lo que les otorga una autoridad moral indiscutible. La Resurrección es el «Sí» rotundo de Dios a esa fidelidad, frente al «No» del opresor.

​El secuestro en las «entrañas del monstruo» es el intento del imperio por detener la utopía. No obstante, la vida es irrestañable, siempre encuentra una grieta por donde brotar. El imperio puede encadenar cuerpos, pero es incapaz de procesar una fe que se nutre del amor de un pueblo.

​Jon Sobrino, teólogo jesuita vasco residenciado en El Salvador, sostiene que, si Jesús fue crucificado como un subversivo, su muerte representó el triunfo aparente de los injustos. Sin embargo, al resucitarlo, Dios reinvidica a la víctima: «Este hombre al que ustedes mataron tenía la razón; su mensaje de amor y justicia era el mío».

​La Resurrección nos otorga el «derecho a la esperanza». En un mundo donde parece que la maldad impera, este acontecimiento es la prueba de que Dios tiene la última palabra. «Resucitar hoy es dar vida a los que están sentenciados a muerte», señala Sobrino. Bajo este concepto, solo la «irrupción de los pobres» puede sanar a la humanidad de su parálisis frente al avasallamiento de la política de Washington y su doctrina de «paz a través de la fuerza».

Para Nicolás y Cilia, la fe en el Resucitado se manifiesta como resistencia ética. Al ser víctimas directas del poder imperial, se funden con el destino de su pueblo. Estar secuestrado por el poder que niega la vida es habitar el misterio del Sábado Santo, un silencio que no es vacío, sino gestación de algo nuevo. Su libertad está intrínsecamente ligada a la libertad de Venezuela; no hay resurrección individual, pues la salvación es colectiva o no es.

​La verdadera resurrección de Venezuela tras los eventos de enero no depende de un milagro externo, sino de la praxis liberadora del pueblo. Es un combate teológico entre la cultura de la muerte y la esperanza de los humildes. Venezuela saldrá de este trance con las llagas del sacrificio, pero con la certeza de que la injusticia no posee la última palabra.

​Si Sobrino nos habla de la justicia necesaria, Boff nos recuerda que la Resurrección es una fuerza cósmica imparable. El intento del imperio por congelar la historia mediante el asedio es un esfuerzo inútil contra la evolución de la justicia social. La resurrección de la Patria ya ocurre en cada asamblea de base y en cada corazón que rechaza el guion de la derrota, recordemos, las «mini-resurrecciones». Cada patriota que se estremece ante el ataque a la soberanía nacional, lleva su «mini-resurrección».

​Lejos de ser un opio que adormece, la fe es hoy en Venezuela el motor de una insurgencia espiritual del pueblo crucificado. Si, como dice San Pablo, «si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe», para el pueblo bolivariano la resurrección es la certeza de que el zarpazo imperial no es el capítulo final, sino el preludio de una liberación más profunda.

​La piedra del sepulcro imperial ya ha sido removida por la fuerza de un amor que es más fuerte que la guerra.

¡Resurrección es Revolución!

Miguel Ernesto Salazar

Profesor en Geografía e Historia. Militante del Partido Unido Socialista de Venezuela. Miembro del Equipo Editorial de la Revista Pueblo En Armas.