Por Miguel Ernesto Salazar
En memoria de Carlos Rivodó
«La PAZ es un valor ante todo ético, espiritual, social y también político. Exige un clima adecuado, configurado por otros valores profundamente conexos con ella, como la verdad, la justicia, la tolerancia, el respeto a la vida de todo ser humano y de todo ser viviente y a sus derechos fundamentales».
La escena rompe cualquier pacto de sobriedad republicana: una hilera simétrica de bolsas fúnebres reposando en el suelo como botín de guerra, armamento incautado dispuesto como ofrenda y un mandatario caminando entre los despojos para anunciar los resultados de la Operación Azarías, en la cual terminaron asesinados dos menores de edad. La postal volvió a repetirse en Riohacha: cuatro cuerpos cubiertos con lonas blancas presentados ante los flashes de la prensa como un «golpe policial» contra las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, cuando en realidad se trataba de un ajuste de cuentas interno que las fuerzas de seguridad cobraron como propio. Todo rubricado, minutos después, con un caricaturesco «¡Viva Cristo Rey!».
La confluencia entre la devoción ruidosa y la liturgia cadavérica no es un desatino estético; constituye una calculada puesta en escena donde el cuerpo inerte se transforma en trofeo político y la fe en blindaje moral contra el escrutinio democrático. Ha retornado el falso positivo en su dimensión más macabra. Sin embargo, reducir el análisis a la repetición del viejo mecanismo de conteo de bajas resulta insuficiente para descifrar el fenómeno de Abelardo De la Espriella.
La impostura integral: entre el púlpito y el atrezo
Es, en primer lugar, un falso patriota y un falso colombiano. Ciudadano del jet-set de Miami y del confort europeo, coleccionista de pasaportes y nacionalidades de ocasión, ejerce un nacionalismo de opereta y cartón piedra. Su lealtad no está anclada a la soberanía nacional de Colombia ni a la dignidad de sus regiones, sino al servilismo hacia centros de poder foráneos. Actúa como un procónsul de alquiler que enarbola la bandera tricolor únicamente como telón de fondo para sus espectáculos mediáticos.
Es un falso cristiano. Al grito de «¡Viva Cristo Rey!» —despojado de cualquier profundidad mística o integrismo católico— y a su oportunista maridaje con la maquinaria electoral neopentecostal, De la Espriella no busca la salvación de las almas ni el consuelo de los afligidos: busca un salvoconducto teológico para consagrar la fuerza letal absoluta. En su teología deformada, el adversario político no es un contradictor democrático sino una encarnación demoníaca; de ese modo, el aniquilamiento físico queda bendecido por decreto divino. Dios deja de ser refugio espiritual para rebajarse a porra de combate y coartada penal.
Es un falso militar. Sin un solo día de rigor en los cuarteles, huérfano de formación estratégica y ajeno a los rigores de la vida de tropa, compensa su inexperiencia vistiendo una retórica cuartelera de opereta. Confunde la conducción de la defensa y la alta política de Estado con posar de civil engalanado frente a bolsas mortuorias. Su belicismo bravucón es el síntoma clásico del aficionado que desconoce el peso de la sangre y la tragedia de la guerra, reduciendo la seguridad nacional a un set de grabación donde las vidas humanas son utilería descartable.
Y es, finalmente, un falso gobernante sustentado en un falso triunfo. Su ascenso político arrastra la mancha indeleble de un fraude ostentoso desde el minuto cero: desde la tramposa recolección de firmas para inscribir su candidatura hasta la orquestación mediática que lo ungió como salvador. Los Cerimedos lo rodean. Su legitimidad de origen es tan hueca como su pretendida estatura de estadista.
La frontera como trampa geopolítica
Frente a este cuadro de falsedad integral e inexperiencia manifiesta, pretender que la República Bolivariana de Venezuela pueda establecer canales de interlocución institucional, convenios de seguridad o acuerdos de estabilización fronteriza con este régimen constituye una ingenuidad histórica imperdonable.
Cualquier acuerdo de esa naturaleza choca contra un muro infranqueable: las Fuerzas Armadas tradicionales de Colombia. Ese estamento castrense —formado en las matrices contrainsurgentes de la Doctrina de la Seguridad Nacional y subordinado al dictado del Pentágono— jamás ha respetado el ideal bolivariano originario, jamás ha tolerado el proyecto chavista y jamás ha reconocido con lealtad la soberanía venezolana. Históricamente, han operado como un apéndice de contención geopolítica contra cualquier proceso emancipador al este del Arauca.
Para un mando militar adicto al conteo de bajas y para un mandatario prefabricado que necesita sangre fresca y victorias ficticias para ocultar el vacío de su gestión, la frontera colombo-venezolana jamás será una zona de paz ni un espacio de cooperación binacional. Será, por diseño doctrinario, el teatro de operaciones predilecto para el montaje, la provocación y el próximo falso positivo. Creer que con semejante impostura se puede pactar la paz no es diplomacia: es ceguera suicida.
Este escenario deja abierta la pregunta decisiva: ¿pisará Venezuela el peine de este nuevo falso positivo, o se verá forzada por las circunstancias a intervenir en un conflicto que solo promete abrir la caja de Pandora? ¿Será la frontera colombo-venezolana la primera línea de fractura de esta cruzada continental? Venezuela, cada habitante de esta tierra, debe empezar a valorar el pasado, presente y futuro de Colombia, su suerte es la nuestra.
COLUMNA «DESCIFRANDO EN ROJO Y NEGRO» • SERVIRALPUEBLO.ORG
