“Pero la experiencia ha demostrado que las guerras ya no son locales. Todas las guerras modernas se convierten eventualmente en guerras mundiales.”
Declaración inaugural del juez Robert H. Jackson en los juicios de Núremberg. 21 de noviembre de 1945.
“Aprovechando el potencial de la Inteligencia de Fuentes Abiertas (OSINT), la Comunidad de Inteligencia (CI) seguirá brindando un apoyo integral a los responsables de las políticas de seguridad nacional y creará oportunidades adicionales para ser transparentes con nuestros socios y el público sobre las amenazas que enfrentamos. Para lograr este objetivo, debemos establecer una visión común y una base sólida que sea coherente con los valores de las sociedades libres y abiertas. La Estrategia OSINT de la CI representa el inicio de un proceso a largo plazo que profesionalizará la disciplina OSINT, transformará el análisis y la producción de inteligencia, y creará nuevas vías para la colaboración con brillantes innovadores estadounidenses y socios extranjeros con ideas afines”
Avril D. Haines. Exdirectora de Inteligencia Nacional de EE.UU. 2024.
La imagen, difundida por la cadena de televisión estadounidense C-SPAN, fue emblemática, el entonces inquilino de la Casa Blanca, el demonio naranja brindando en la Casa Blanca con los CEOs más poderosos de Silicón Valley. Este acto no fue un mero evento protocolario; fue la confirmación pública de una fusión ya operativa, la del complejo militar-industrial estadounidense con los gigantes tecnológicos. Esta simbiosis, lejos de ser coyuntural, constituye un pilar estratégico para entender cómo se redefine la guerra, la geopolítica y la naturaleza del poder en el siglo XXI, utilizando la ciencia y la tecnología como instrumentos de dominación global, con especial impacto en el hemisferio occidental, considerado tradicionalmente la esfera de influencia primaria de los Estados Unidos.
Las fuerzas armadas de EE.UU. no pueden sostener su ventaja en inteligencia artificial y sistemas avanzados sin la industria digital privada. La cena en la Casa Blanca simbolizó esta dependencia. Fue una imagen profética y un hecho subestimado. Los elogios de ejecutivos como Satya Nadella (Microsoft) a las políticas de IA de la administración ultraconservadora, o los comentarios de Tim Cook (Apple) sobre un “entorno favorable” a las inversiones, revelan una sumisión explícita a un proyecto de poder estatal, concebida como la “edad de oro”. La innovación tecnológica privada se canaliza así hacia objetivos militares y de seguridad nacional, consolidando un ecosistema donde los intereses corporativos y los del Estado se funden.
El Pentágono ha trascendido la mera adquisición de hardware. Su objetivo, expuesto en iniciativas como la de Fort Bragg, es la “biometrización” del soldado, transformándolo en un “sistema de armas humano” optimizado mediante wearables, IA y análisis de datos metabólicos. Esta visión instrumental del ser humano se complementa con una reestructuración burocrática radical para desplegar IA masivamente. Emil Michael, subsecretario de Defensa, fusionó unidades clave con el objetivo explícito de acelerar su implementación en “días o semanas”. La elección de “Gemini for Government” de Google como plataforma central del Departamento de Defensa consolida a un gigante tecnológico como proveedor estructural de las operaciones militares estadounidenses.
El Puente Estratégico y el Marco de Colaboración Formal se definen en la implementación de OSINT. Aquí es donde la estrategia OSINT 2024-2026 de la Comunidad de Inteligencia (IC) se revela como el manual operativo y el marco legitimador de esta simbiosis. La estrategia define la Inteligencia de Fuentes Abiertas (OSINT) como vital para la misión de la IC y establece como áreas de enfoque clave el impulsar la innovación y desarrollar la fuerza laboral de próxima generación. Para avanzar en esta estrategia, quienes perfilan la reorganización de las fuerzas del imperialismo reconocen que para lograr esto se necesitan sólidas alianzas con la industria y replantear las relaciones con la industria y el mundo académico para aprovechar las capacidades de vanguardia del sector privado.
La Directora de Inteligencia Nacional, Avril Haines, lo dejó claro en la introducción de la estrategia, el objetivo es “crear nuevas vías para la colaboración con brillantes innovadores estadounidenses”. Esto institucionaliza la relación que hemos planteado desde el inicio en estas notas. Plataformas comerciales de big data, herramientas de análisis de redes sociales (como las ya invertidas por In-Q-Tel, el brazo de capital de riesgo de la CIA) y modelos de IA generativa (como Gemini de Google) se convierten en componentes críticos del aparato de inteligencia. La “naturaleza no clasificada” de gran parte de la información OSINT, según la estrategia, facilita esta colaboración público-privada, acelerando la adopción de herramientas comerciales.
Esta alianza crea un nuevo leviatán tecnológico-militar. El pretexto para esta aceleración, según el Pentágono, es doble, las lecciones de conflictos como el de Ucrania y la “amenaza” del avance tecnológico de China. Esta narrativa de competencia geopolítica se utiliza para justificar una integración aún más profunda con Silicón Valley y para impulsar una carrera por el dominio del ciberespacio y la información a escala global.
El impacto en el hemisferio occidental es particularmente significativo. Las mismas capacidades desarrolladas para el campo de batalla—análisis masivo de datos, reconocimiento biométrico, vigilancia predictiva—son perfectamente transferibles a la vigilancia doméstica y al control social. La estrategia OSINT, al abogar por compartir recopilación de datos y herramientas con “socios extranjeros con ideas afines” sugiere la exportación de este modelo de vigilancia y control a aliados en la región, bajo el paraguas de la cooperación en seguridad. Esto erosiona soberanías digitales y puede alimentar aparatos de control interno en países socios, siempre alineados con los intereses estratégicos de Washington. En este contexto el campo de batalla está definido, sea este una calle de Minneapolis en los Estados Unidos o la principal guarnición militar de Venezuela en Caracas.
La cena en la Casa Blanca fue el brindis de una fusión consumada. El Pentágono abdica parte de su soberanía tecnológica a cambio de poderío, lo que deja claro la idea que da forma a la “edad de oro”, con el lema «Make America Great Again». Las big tech intercambian innovación y acceso a datos por contratos billonarios, influencia política y un escudo de “seguridad nacional”. La estrategia OSINT 2024-2026 proporciona el marco formal y la hoja de ruta para esta colaboración, profesionalizando la disciplina y normalizando la dependencia del sector privado.
El resultado es un circuito cerrado de poder que utiliza la ciencia para la dominación, concibe al ser humano como un nodo optimizable en una red de máquinas y, acelerado por una recuadre geopolítica sin cuartel a punta se sangre y fuego que avanza hacia un futuro donde la guerra, la inteligencia y la vigilancia se vuelven automatizadas, omnipresentes y profundamente arraigadas en la alianza entre el Estado y los emporios tecnológicos.
Este nuevo leviatán no solo redefine el poder militar, sino que busca extender y solidificar el dominio de Estados Unidos sobre el flujo global de información y, por extensión, sobre la dinámica política y social del mundo, comenzando por lo que ellos creen y están convencidos que es su patio trasero en las Américas.
