“No tiene porqué ir acompañada la santidad de virtudes heroicas, también se expresa en una vida cotidianamente heroica. No sabemos si los pobres y las víctimas son santos intercesores para mover a Dios, pero tienen fuerza para mover el corazón. No hacen milagros que violen las leyes de la naturaleza, pero sí hacen milagros que violan las leyes de la historia: el milagro de sobrevivir en un mundo hostil. Con ello remiten a ‘un Dios con espíritu, capaz de mantener el anhelo de vivir’ y también a ‘un Dios sin poder, a merced de la voluntad de los hombres”.
Joe Sobrino, Sacerdote Jesuita, Teólogo salvadoreño de origen vasco. “La santidad primordial” de Jon Sobrino. 2014.
“Vaya esta canción y pertenezca, al que con nuestra fe prende una llama y hace de su oración una proclama de combatir el mundo de opresión”.
Miguel Matos, S.J.. Letra de la canción VAYA ESTA CANCIÓN.
A propósito de la Semana Santa, recordando al Jesús Obrero —donde estudié tres años bajo la influencia de los jesuitas, entre ellos el venezolano Miguel Matos— y preparando este corazón semi-ateo para acompañar a mi hija Lía Lucrecia a la visita de los siete templos (que no impide que termine por La Candelaria en un templo pagano), me parece apropiado abordar el tema de la religión, en especial la que baña nuestra geografía: el cristianismo. Según el informe de estudio de la Fundación Gumilla: “Sociografía Religiosa. La religiosidad de los venezolanos”, revela que “el 97% de los encuestados cree en Dios y que la oración regular es una práctica común”, el 70% de los venezolanos se identifica como católico, un 14% se identifica como evangélicos, mientras que el 6% se adscribe a otras religiones cristianas y “un 8% de los venezolanos declara no profesar ninguna religión, cifra que incluye tanto a ateos como a agnósticos”. Otros estudios, incluso indican que el 95% de la población venezolana se identificaba como creyente (cristianos, evangélicos, musulmanes y espiritistas), mientras que solo el 1.1% se declaraba ateo.
América Latina ha sido un laboratorio de transformaciones religiosas, políticas y sociales, donde fe e ideología se entrelazan de manera inseparable. Los Documentos de Santa Fe I (1980) y II (1988), diseñados por estrategas conservadores estadounidenses durante la Guerra Fría, revelan cómo la religión fue instrumentalizada para contener el avance de movimientos emancipadores en la región. Su objetivo central era erradicar la influencia de la Teología de la Liberación, acusada de ser «marxismo disfrazado de fe», y promover un cristianismo alineado con el capitalismo y el anticomunismo.
En 1980, el Grupo de Santa Fe y la Heritage Foundation, integrado por figuras como Roger W. Fontaine (vinculado a Reagan), Lewis Arthur Tambs (del equipo de Bush padre), el general John K. Singlaub (de ideología neonazi) y Jeanne Kirkpatrick (delegada de Reagan en la ONU), planteó ideas como: «América Latina, como Europa Occidental y Japón, es parte de los fundamentos del poder de EE.UU. No se puede aceptar la pérdida de ninguno de estos fundamentos si EE.UU. quiere mantener una fuerza que le permita jugar un papel equilibrante en el mundo”. No es casualidad el «Make America Great Again» del nuevo inquilino de la Casa Blanca.
En 1988, el Documento de Santa Fe II, citado por Frei Betto en «Los Documentos de Santa Fe y el perfil religioso de América Latina», afirmaba: «La Teología de la Liberación debe entenderse como una doctrina política disfrazada de creencia religiosa, contraria a la libre empresa y al papado, cuyo propósito es debilitar la independencia de la sociedad”. Aquí se revela la clave de la política exterior estadounidense: imponer las formas más salvajes del capitalismo. Betto también alertaba sobre el papel de las universidades católicas y las ONG en la difusión de ideas «marxistas» registrado en los Documentos de Santa Fe. Este contexto explica el asesinato de seis sacerdotes jesuitas, una colaboradora y su hija en la Universidad Centroamericana (UCA) de San Salvador en 1989.
Más allá de las estrategias geopolíticas, la entrevista con Gustavo Gutiérrez, fundador de la Teología de la Liberación, expone las tensiones no resueltas entre el conservadurismo impulsado por EE.UU. y este movimiento teológico. La acusación de marxismo, señalada como su «talón de Aquiles», sigue siendo un debate vigente. Gutiérrez aclara que la Teología de la Liberación nunca adoptó el marxismo como sistema totalizante, sino que usó herramientas de las ciencias sociales para analizar las causas estructurales de la pobreza. «Conocer la realidad es un acto de honestidad», insiste, destacando que la opción por los pobres exige entender las fuerzas que los oprimen.
Esta defensa choca con las acusaciones de los Documentos de Santa Fe, que redujeron la Teología de la Liberación a una «amenaza marxista». La ironía es evidente: mientras EE.UU. financiaba iglesias evangélicas como contrapeso ideológico, Gutiérrez y otros teólogos insistían en que su enfoque era teológico, arraigado en el Evangelio y en el grito de los excluidos. La pregunta de Gutiérrez —»¿Cómo hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente?»— sigue siendo el núcleo de su reflexión.
Sin embargo, Gutiérrez también reconoce autocríticas: algunos análisis de los años 70 y 80 han quedado desactualizados, y la Teología de la Liberación debe seguir transformándose. Esta flexibilidad contrasta con el fundamentalismo de iglesias evangélicas que hoy promueven agendas moralistas mientras silencian las injusticias económicas.
El legado de esta disputa es ambiguo. Por un lado, los Documentos de Santa Fe debilitaron la Teología de la Liberación, facilitando el auge de un evangelicalismo aliado al neoliberalismo. Por otro, las preguntas de Gutiérrez —sobre la dignidad de los pobres, la idolatría del mercado y la necesidad de una fe encarnada— siguen vigentes. En un continente donde la desigualdad crece, la disyuntiva es clara: ¿será la religión un instrumento de conformismo o una fuerza profética que interpele al poder? Según el último reporte de la CEPAL, el Anuario Estadístico 2024 señala que el 20% de las personas de menor ingreso perciben en conjunto el 4,8% del total del ingreso mientras que, en el extremo superior de la distribución, el 20% de las personas con mayores ingresos capta el 50,5% del total. Mientras que en el mundo, según un informe elaborado por Oxfam Intermón, el 1% de los multimillonarios acumula más riqueza que el 95% de la población mundial.
La Teología de la Liberación, con sus aciertos y errores, eligió lo segundo. Su desafío persiste: construir una espiritualidad que no tema al análisis social ni renuncie a la lucha por la justicia, pero que evite reduccionismos ideológicos. América Latina necesita hoy, más que nunca, recuperar ese equilibrio. Como señala Gutiérrez, el Dios de la vida no puede ser anunciado desde la complicidad con la muerte.
Los Documentos de Santa Fe intentaron vaciar el cristianismo de su potencial transformador. Al satanizar la Teología de la Liberación y promover iglesias funcionales al statu quo, buscaron neutralizar una voz incómoda para el poder. Gutiérrez, con su método de «reflexión crítica sobre la praxis a la luz de la fe», desmonta ese reduccionismo. Su enfoque era pastoral: «¿Cómo anunciar el Evangelio hoy?»
Hoy, ante el avance del capitalismo y el evangelicalismo político, urge rescatar la idea de que la teología debe ser anuncio histórico, no consuelo espiritualista. América Latina clama por una Iglesia que, como quería Gutiérrez, «hable de Dios desde el sufrimiento del inocente». La alternativa es clara: o la religión es instrumento de liberación o será cómplice de la opresión.
Para cerrar, me quedo con las palabras de Camilo Torres: «El cristiano, si quiere serlo realmente, debe participar en los cambios sociales. La fe pasiva no basta. La caridad significa vivir la fraternidad humana, y hoy eso se manifiesta en los movimientos revolucionarios de los pueblos. Los cristianos deben tomar partido con los oprimidos, no con los opresores”.
El llamado urgente en tres palabras: Fe, Praxis y Liberación. Resume la urgencia de una espiritualidad comprometida. No basta rezar, hay que hacer historia.
