Solo el pueblo salva al pueblo
aroma suspendido,
coro de sal sonora,
mientras tanto,
nosotros, los hombres,
junto al agua,
luchando y esperando,
junto al mar, esperando.
Las olas dicen a la costa firme:
Todo será cumplido».
La instalación de la narrativa de «recuperación» y prosperidad inmediata que Washington y sus voceros han desplegado sobre Venezuela no responde a un simple capricho de relaciones públicas. Tras la escalada de agresión e intervención extranjera sobre el país, se intenta posicionar la idea de un bienestar inevitable derivado de la apertura irrestricta de los recursos nacionales. Sin embargo, el fenómeno más complejo no reside en la soberbia de los emisarios del Norte, sino en la resonancia que estas promesas encuentran en sectores de la población trabajadora y en las barriadas populares.
¿Por qué un trabajador asalariado o una familia que padece las penurias cotidianas en Caracas, en el Zulia o en el oriente del país llega a considerar factible una solución mágica venida desde afuera?
La respuesta no está en la ingenuidad, sino en el terreno de lo aspiracional y el desgaste material. Incluso, con el Comandante Chávez, donde el país logró un grado alto de bienestar pasamos por esto. Cuando la cotidianidad se transforma en una carrera extenuante por la supervivencia básica, cualquier promesa de estabilidad, consumo o reactivación económica resulta comprensiblemente atractiva. Asumir que las mayorías razonan desde dogmas abstractos es un error de diagnóstico: el trabajador busca certidumbre para el plato de comida de sus hijos, para el acceso a la salud, para el transporte y para un salario que no se diluya.
La trampa del progreso importado y la ofensiva imperial
Este fenómeno no es exclusivo de Venezuela. En la región y en el mundo —desde los giros electorales en Latinoamérica hasta el auge de opciones ultraliberales en Europa y Norteamérica—, millones de personas han respaldado proyectos políticos abiertamente contrarios a los intereses populares y a la clase trabajadora. No votan ni simpatizan por la figura del magnate en su jet privado o por el discurso del opresor, sino por la expectativa —muchas veces desesperada— de romper con la asfixia económica previa. La trampa radica en convertir una legítima aspiración de progreso en un cheque en blanco para el despojo.
Reducir este escenario a un solo mandatario o a una administración coyuntural en la Casa Blanca debilita el análisis. Los rostros en el poder cambian, pero la arquitectura de dominación imperial y corporativa permanece idéntica. Lo que está en marcha sobre el territorio venezolano no es la voluntad aislada de un gobernante, sino la ofensiva coordinada del Gran Capital internacional.
La historia contemporánea ofrece lecciones irrebatibles: desde el arrasamiento de Irak y Libia hasta las presiones económicas sobre naciones aliadas en Europa o Asia, la política exterior de las potencias industriales jamás ha perseguido el desarrollo soberano de los pueblos. Basta un ejemplo reciente: hasta hace poco, Trump amenazó con bombardear a Omán si interfiere en el control del estrecho de Ormuz.
Mientras la economía interna estadounidense arrastra una deuda monumental, una inflación que castiga a sus propios trabajadores y una crisis de legitimidad política sin precedentes, la exportación de la agresión y el control de recursos ajenos sirve como válvula de escape para su propio complejo financiero y militar. La aprobación de Trump se desplomó a un mínimo histórico del 32 %.
Línea de masas y reconstrucción de la alternativa soberana
El desafío político y comunicacional no se resuelve juzgando o recriminando al pueblo por desear una vida mejor. La tarea central consiste en evidenciar, con datos y argumentos de clase, que el capitalismo transnacional no viene a enriquecer a los barrios ni a democratizar la riqueza, sino a extraerla y trasladarla a las casas matrices de los grandes consorcios.
La verdadera alternativa frente a los espejismos de prosperidad importada no vendrá de quienes históricamente han codiciado las riquezas del sur global. Se forja en la resistencia organizada, en el análisis riguroso de la economía global y en la convicción inquebrantable de que el bienestar de las mayorías solo será sostenible si es construido y defendido por el propio pueblo trabajador.
