«El presidente tiene una personalidad de alcohólico».
Susie Wiles, jefa de Gabinete de Trump, en entrevista para Vanity Fair sobre Trump. 16 de diciembre de 2025.
«Venezuela jamás volverá a ser colonia de imperio ni de poder extranjero alguno y continuará recorriendo, junto a su pueblo, la senda de construcción de la prosperidad y la defensa irrestricta de nuestra independencia y soberanía».
Comunicado del Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela. 16 de diciembre 2025.
Ya no se trata de un cabo ascendiendo al poder para convertirse en canciller y líder del partido nazi en Alemania. En pleno siglo XXI es la oligarquía, los magnates petroleros, los grandes banqueros quienes retoman el poder bajo las mismas banderas del Tercer Reich. Es la ola neoconservadora que asalta el poder y reivindica nuevas formas de colonialismo.
Tan claro es el carácter de clase que tiene esta élite neoconservadora, como el mensaje de la hermana de la pitiyanqui María Corina Machado o como la definiría el amigo Gregorio Pérez, la “bestia rubia” criminal de guerra: «Un venezolano de sangre española que tiene 300 años en el país es más venezolano que un africano que fue traído de África hace 500 años o un indígena que tiene 10 000 años en territorio venezolano. Venezuela es un país europeo fundado y construido por europeos, no un país afroindígena». Su postura es consecuente con lo que siempre han cuidado y anhelado: el poder absoluto.
La relación entre la la “bestia rubia” criminal de guerra y el carnicero Donald Trump no es meramente circunstancial o coyuntural, sino una alianza estratégica cuyo núcleo gira en torno a un objetivo común: la aniquilación de la Revolución Bolivariana y el control de las vastas reservas petroleras de Venezuela. Esta conexión, expuesta en documentos, declaraciones y negociaciones paralelas, revela una trama geopolítica que trasciende la retórica de la «defensa de la democracia» o la «lucha contra el narcotráfico», y apunta directamente a un proyecto de apropiación de recursos energéticos bajo una fachada de cambio político, el freno a cualquier proyecto alternativo al imperial y la asfixia del pueblo venezolano.
Desde que Trump llegó al poder, su obsesión por el petróleo venezolano ha sido explícita y recurrente. En discursos y declaraciones, ha repetido como un mantra la idea de «quedarse con el petróleo» como compensación por la intervención militar o la presión económica. En una publicación en Truth Social, acusó a Venezuela de robar activos estadounidenses, como petróleo y tierras, esto último, vale la pena sacarlo con pinzas y realizar un análisis posterior. En 2019, según las memorias de su entonces asesor de seguridad nacional John Bolton, Trump exigió al entonces líder opositor Juan Guaidó que, de llegar al poder, garantizara el acceso exclusivo de Estados Unidos al petróleo venezolano y excluyera a China y Rusia. Este enfoque no es nuevo; Trump lo aplicó en Siria, Irak y Libia, donde justificó la presencia militar con el argumento de «proteger» o «conservar» el petróleo local. Y aquí el doble rasero gringo, con el régimen saudí ni con el pétalo de una rosa.
En este escenario, “bestia rubia” criminal de guerra emerge como la pieza clave para materializar ese objetivo en Venezuela. Tras comprarle el premio Nobel de la Paz, La “bestia rubia” se presentó ante inversores y políticos estadounidenses —incluido Trump y su entorno— ofreciendo las riquezas energéticas de Venezuela, tal como hizo con la entrega de CITGO o Monómeros. Un «negocio de 1,7 billones de dólares» es lo que significa Venezuela para la oligarquía representada para el puñado de Machados. Repetimos, es consecuente con sus principios; así es como han construido su riqueza, a costa de la explotación del hombre y la mujer venezolana. En un evento con Donald Trump, su pupila prometió abrir «todo, upstream, midstream y downstream» a empresas extranjeras, desmontando el modelo de soberanía petrolera consagrado en la Constitución venezolana votada en 1999 por la mayoría del pueblo venezolano.
La “bestia rubia” criminal de guerra no solo ofrece petróleo, sino también un alineamiento geopolítico. Su propuesta de privatización de la industria y su discurso promercado son el complemento perfecto para la agenda de Trump, que busca no solo desplazar a China y Rusia de la región, reduciéndola a un patio trasero, sino también asegurar el dominio energético en el hemisferio occidental. Sus promesas de triplicar la producción petrolera en una década requerirían, inevitablemente, capitales y tecnología estadounidenses, lo que convertiría a Venezuela en un satélite energético de Washington. El «Drill, baby, drill» («perfora, cariño, perfora») no era una mera consigna electoral del Trump. Basta incluso remitirnos al discurso del carnicero Trump durante el evento «Unleashing American Energy» en el Departamento de Energía en Washington, el 29 de junio de 2017, para entender el trasfondo del proyecto gringo.
Esta alianza, sin embargo, no está exenta de contradicciones y riesgos. Por un lado, Trump ha rechazado ofertas directas del compañero Presidente Maduro para abrir la industria a empresas como Chevron, optando en cambio por una estrategia de «máxima presión» que incluye bloqueos, sanciones, incautaciones de petroleros y amenazas militares. El objetivo es claro, forzar una ruptura política que permita instalar un gobierno afín, títere, sin concesiones. La “bestia rubia” criminal de guerra, en ese plan, es el rostro «legítimo» que podría dar una máscara de legalidad al saqueo de las riquezas que existen en suelo venezolano.
Pero el pueblo venezolano no es un mero espectador. La industria petrolera recuperada por el comandante Hugo Chávez de la mano de Alí Rodríguez Araque tiene raíces históricas y simbólicas profundas, asociadas a la soberanía y la identidad nacional. Vencer el paro petrolero de finales del 2002 y principios de 2003, no fue poca cosa. Cualquier intento de privatización, impulsado desde Washington, enfrentaría una resistencia social y política considerable. Además, como advierten analistas y ejercicios de simulación realizados durante el primer gobierno de Trump, un derrocamiento forzado de Maduro podría desencadenar un caos aún mayor, espantando a las propias empresas petroleras que Trump pretende favorecer. «Tierra arrasada» no es una metáfora si los yanquis llegasen a intervenir militarmente la tierra de Bolívar. El «Llegó la hora de la guerra revolucionaria contra un enemigo poderoso», señalado por el compañero Diosdado Cabello, no es simple retórica.
La relación carnicero-“bestia rubia”, por tanto, no es una simple coincidencia ideológica, sino un eje estructurado alrededor del petróleo y de la aniquilación del proyecto Bolivariano. Expone cómo, bajo el discurso de la «libertad» y la «seguridad», se esconde una lógica colonial de apropiación de recursos. Venezuela, con el 17 % de las reservas mundiales de crudo, se convierte así en el tablero de un juego geopolítico donde nuestra gente y nuestra soberanía son, las variables sacrificadas en el Manual gringo para la guerra por el petróleo venezolano.
Al final, la pregunta que queda flotando es si la Patria de Bolívar —y su petróleo— serán víctimas de una nueva forma de intervencionismo, donde los intereses económicos se visten de democracia, y donde los actores locales serviles a los intereses de Washington, como la “bestia rubia” criminal de guerra, se convierten en facilitadores de un proyecto ajeno. La respuesta no está escrita, pero el riesgo es palpable, que la riqueza de un pueblo termine siendo, una vez más, el botín de una guerra que no eligió librar pero que tampoco vamos a rehuir.
En Venezuela tenemos un dicho: «Rondón no ha peleado todavía». En 1819, en el Pantano de Vargas, Boyacá, Colombia, Juan José Rondón, coronel del Ejército Patriota, cargó contra las fuerzas de ocupación españolas con 14 lanceros llaneros. Su acción causó la retirada de la fuerza de ocupación y la victoria del ejército revolucionario.
A 195 años de la muerte del padre de la Patria, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco, el carnicero y la “bestia rubia” deben terminar de asimilar que nosotros, los hijos e hijas de los libertadores de América, de NUESTRA AMÉRICA, abrazamos la idea bolivariana, aquella que conquisto Ayacucho y expulso de un continente al imperio español. Somos herederos de un Ricaurte, de un Montilla, de un Rondón o de un Sucre, que sacrificaron sus vidas por la gloria de un proyecto emancipador. Nuestra voz se levantará, como pueblo en armas y será tan universal, como lo fue Francisco de Miranda y cientos de pueblos se alzaran y gritaran al unisonó: ¡INDEPENDENCIA O NADA!
