Las Matemáticas en Conflicto: La de la Muerte vs. La de la Vida.

«Estamos presentando este presupuesto en una coyuntura especial de una Venezuela asediada (…) es un balance de una Venezuela en positivo, que no se detiene a pesar del intervencionismo de Estados Unidos».

Delcy Rodríguez, Vicepresidenta de la República Bolivariana de Venezuela. 02 de diciembre de 2025.

«Creo que las tasas para los Estados Unidos siempre son las más bajas del mundo, porque sin nosotros no hay mundo».

Donald Trump. Inquilino de la Casa Blanca. 10 de diciembre de 2025.

Existen dos tipos de matemáticas o de aritmética en nuestro continente.

Una, la que se calcula en misiles, horas de vuelo y millones diarios en portaaviones para agredir a un pueblo. Otra, la que se mide en aulas construidas, vidas salvadas y proyectos que transforman territorios desde las propias necesidades levantadas y priorizadas por la propia comunidad. La primera, la de la Operación Lanzas del Sur, es una aritmética de la muerte. La segunda, la del presupuesto del Gobierno Bolivariano, es una aritmética para la vida. Y entre ambas, no hay neutralidad posible.

Las matemáticas de la muerte, Lanzas del Sur. Sus cifras son frías, precisas y devastadoras:

– $40.503 millones en capacidad militar desplegada.

– $127.333 por cada bomba AGM-176 Griffin.

– $8 millones diarios solo para mantener un portaaviones en aguas de nuestro Caribe.

– Relación costo-destrucción: 9.643 a 1.

El Pentágono presentó en junio de este año su solicitud de presupuesto discrecional para el año fiscal 2026 de 848.300 millones de dólares. En el Caribe, los yanqui han desplegado el 5% del total del presupuesto solicitado para el 2026.

Esta es la lógica imperial desnuda, invertir casi diez mil dólares por cada dólar de “blanco” eliminado. Una eficiencia perversa, donde el valor no está en lo que se construye, sino en lo que se destruye, en la vida que se quita. Donde el éxito se mide en lanchas hundidas y en «enemigos aniquilados», no en vidas salvadas. Esta aritmética no es estratégica; es patológica. Patológica en su desproporción, en su obsesión por el control a través del miedo, en su convicción de que la seguridad se compra con acero y fuego, con hombres y mujeres asesinados.

Mientras un piloto estadounidense en un F-35B gasta $40.000 por hora volando sobre el Caribe, en las barriadas de Caracas, El Polvorín, Miraflores en Lima o Kennedy en Bogotá, esa misma cantidad podría alimentar a una familia durante años. Pero esa no es su cuenta. Su cuenta es otra, la sombra del terror y el miedo que se proyecta desde el cielo.

Las matemáticas para la vida, el Presupuesto Bolivariano. Aquella que nos enseñó el Comandante Chávez. Frente a esa lógica, Venezuela despliega otra matemática, radicalmente humana:

– 77,8% del presupuesto nacional destinado a inversión social.

– 29,8% para desarrollo social y participación popular.

– 9,6% para educación.

– 6,5% para salud y seguridad social.

– Presupuesto total: $19.948 millones (menos de la mitad de lo que cuesta una flota de intervención).

Aquí la eficiencia se mide en sonrisas recuperadas, en jóvenes que ingresan a la universidad, en en proyectos que afianzan al Poder Popular (una inversión acumulada de 262 millones de dólares). Esta aritmética no busca dominar; busca liberar. No pretende amenazar; pretende garantizar.

Mientras el Pentágono gasta en un mes lo que Venezuela invierte en salud en 388 años, el Gobierno Bolivariano prioriza lo concreto, el medicamento que llega, la escuela que abre, la comida que está en la mesa. Todo ello bajo el más cruel bloqueo y para muestra, la más reciente agresión imperial, el secuestro de un barco petrolero cerca de las costas venezolanas de los nuevos piratas del Caribe. Un total de 1.044 Medidas Coercitivas Unilaterales, entre el 2017 al 2024 le han costado a Venezuela el 213 % de su PIB en ingresos petroleros. 

El Verdadero conflicto aquí es el choque de dos visiones del mundo en Disputa. Esto va más allá de una diferencia presupuestaria. Es un conflicto entre dos proyectos de humanidad. El proyecto de la muerte —disfrazado de “seguridad”, de “interés nacional”, de “lucha contra las amenazas”— exporta violencia, desestabilización y deuda social. Su saldo son escombros, migraciones forzadas y un continente saqueado. El proyecto de la vida —acusado de “populismo”, de “dictadura”, de “narcoestado”— invierte en lo único que realmente perdura, la gente. Su legado, aún en medio de agresiones y bloqueos, es la resistencia de un pueblo que se niega a dejar de soñar.

¿Cuál es más “costoso”? ¿Invertir en hospitales o en bombarderos? ¿En maestros o en drones? ¿En alimentación o en misiles? La respuesta está en la pregunta misma.

El Caribe desnuda la gran mentira de la “eficiencia” imperial. Nos dicen que la intervención es “eficiente”, que es “necesaria”, que “protege”. Pero una operación que gasta 9.643 veces más de lo que destruye no es eficiente; es criminal. Una seguridad que se ejerce desde 10.000 metros de altura nunca será tan segura como la que se construye desde la tierra, comunidad a comunidad.

La verdadera ineficiencia —la criminal— es la que prioriza el gasto militar sobre el gasto social a escala global. La que invierte en muerte mientras recorta en vida. La que llama “estabilización” a lo que es, en realidad, estrangulación.

No Hay Neutralidad en las Cuentas. Frente a estas dos aritméticas, callar es tomar partido. Hablar de “neutralidad” cuando se comparan bombas y libros es, en sí mismo, una forma de violencia.

Venezuela, con el 77,8% de su presupuesto en lo social, está haciendo más que defender su soberanía, está defendiendo la idea de que otro mundo es posible. Un mundo donde la riqueza se mide en suprema felicidad social, no en poder de fuego. Donde la vida —toda vida— vale más que cualquier interés geopolítico.

La Operación Lanzas del Sur pasará. Sus barcos se irán, sus aviones regresarán a sus bases. Pero el ejemplo de un pueblo que prioriza la vida sobre la muerte, la educación sobre la destrucción, la salud sobre la guerra, ése perdurará. Porque al final, solo hay una aritmética que realmente cuenta, la que suma vidas, no la que resta esperanzas. Este es el verdadero campo de batalla, el de las prioridades, el de los recursos, el del alma de Nuestra América. Y en ese campo, los números del presupuesto bolivariano no son solo cifras, son un acto de amor, una trinchera de dignidad, un manifiesto vivo de que la patria es, primero que todo, el pueblo.

La Patria es el hombre muchacho…

Miguel Ernesto Salazar

Profesor en Geografía e Historia. Militante del Partido Unido Socialista de Venezuela. Miembro del Equipo Editorial de la Revista Pueblo En Armas.