Por Miguel Ernesto Salazar
“La forja de la unidad de la nación ha sido una epopeya que jamás podrá ser soslayada o disminuida en su sentido vital. ¡Qué precio tan alto se pagó por la desunión o por tratar de anticipar los acontecimientos políticos!”. — Eusebio Leal. Carlos Manuel de Céspedes: La virtud revolucionaria. 10 de octubre de 2017.
Existe una tentación recurrente en el análisis político contemporáneo, reducir la complejidad viva de las contradicciones geopolíticas a la congelación estática de un encuadre fotográfico. Cuando se afirma con ligereza que «Es lo que se ve» basta para clausurar cualquier debate, no se está volviendo a la realidad; por el contrario, se incurre en una forma sofisticada de miopía que despoja a los hechos de su historia, de su correlación de fuerzas y de su dimensión táctica. Cuando eso sucede el enemigo se ríe de lo conseguido.
Quienes apelan a la supuesta pureza de «Es lo que se ve» para decretar capitulaciones o burlas ajenas olvidan que la política de liberación nunca ha sido una pasarela de purezas estéticas, sino un terreno de combate asimétrico, denso y permanentemente contradictorio.
En 2016, una fotografía daba la vuelta al mundo, la imagen registraba a Barack Obama y Raúl Castro, aquello no fue la postal de una claudicación; fue el testimonio visual de más de medio siglo de resistencia que obligó al imperio más poderoso de la tierra a sentarse en la capital de una revolución asediada a reconocer su existencia y soberanía. Pretender leer en la risa o en la incomodidad protocolar de aquel momento una supuesta derrota es ignorar la advertencia esencial de José Martí: “Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política, lo real es lo que no se ve”.
Haríamos mal en calificar aquella imagen como la claudicación o la traición de actor, de esta manera, estaríamos borrando de un plumazo todo el contexto real que ha llevado a dos personas con pensamiento antagónico a sentarse en una misma sala a intercambiar sus visiones sobre el mundo. Estaría siendo, un mal discípulo de Martí.
Fidel Castro enseñó a lo largo de décadas que la firmeza en los principios no está reñida con la audacia diplomática. Fidel dialogó con dignatarios de las potencias dominantes, debatió en la tribuna misma de las Naciones Unidas y supo disputar cada espacio multilateral porque entendía que el aislamiento no es virtud revolucionaria, sino trampa impuesta por el adversario. La soberanía no se defiende huyendo del escenario donde se deciden las tensiones globales, sino plantándose en él para defender el derecho a existir de los pueblos.
El Comandante Hugo Chávez, “el mejor amigo que tuvo el pueblo cubano a lo largo de su historia” encarnó esa misma madurez estratégica. Supo estrechar la mano de adversarios directos —recordemos su célebre saludo a Barack Obama en la Cumbre de Trinidad y Tobago en 2009, obsequiándole Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano— sin ceder un solo milímetro en la autodeterminación venezolana ni en el rumbo socialista de su proyecto. Chávez demostró que estrechar una mano o coincidir en un foro internacional no equivale a doblar la rodilla; es la manifestación de un Estado que se sabe soberano, capaz de dialogar de pie, tragar arena y sentarte con el adversario que te ha derrotado militarmente y amenazaba con borrar del mapa la misma existencia de los habitantes de una nación.
Cuando hoy se juzga con liviandad cualquier aproximación diplomática o encuentro bilateral en foros multilaterales como la ONU, la crítica miope comete el error de confundir la cortesía de Estado con la renuncia histórica. El imperio celebra cuando los pueblos del Sur caen en el sectarismo, cuando se fragmentan en purismos testimoniales y cuando renuncian a disputar el terreno de la diplomacia de paz. Aquí nuevamente sería un mal discípulo de Martí si creyera que la diplomacia cubana sentada con el adversario que infringe un castigo terrible al pueblo cubano a través del bloqueo criminal pretende claudicar y colocar de rodillas a la Revolución Cubana.
Tanto Simón Bolívar como José Martí comprendieron con clarividencia que la única garantía para que las naciones del continente no fuesen devoradas por las pretensiones hegemónicas del norte era la forja implacable de la unidad.
Bolívar lo plasmó en el Congreso Anfictiónico de Panamá: “Una sola debe ser la patria de todos los americanos”, entendiendo que divididos seríamos siempre vulnerables a las maniobras de las potencias. Martí lo sintetizó en su advertencia inmortal: “¡los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes».
Ese mandato bolivariano y martiano cobró vida orgánica en el siglo XXI cuando Fidel y Chávez fundaron el ALBA, enseñándonos que la correlación de fuerzas frente a los gigantes imperiales no se construye desde el reproche moralista ni desde la desconfianza entre hermanos de lucha, sino desde la articulación política, económica y moral de nuestra América.
Sostener las ideas frente a la realidad exige, precisamente, no rendirse a la superficialidad de un relato reactivo que festeja el desánimo. Claro que hay que mirar los hechos con rigor y sin autoengaños. Claro que cabrea cada declaración de Trump sobre Venezuela y la impotencia de no plantarse en el mismo escenario de aquel 20 de septiembre de 2006, para decirle que el olor azufre hiede en la ONU. Claro que irrita que aquella tribuna de la ONU silenciará la voz de los pueblos del sur exigiendo la liberación del Presidente Constitucional de la República Bolivariana de Venezuela. ¿Qué debíamos esperar de una instancia como la ONU que permanece paralizada ante el genocidio de Gaza o el secuestro de un presidente constitucionalmente electo por un Estado que amenaza la existencia de la propia humanidad? Pero mirar la realidad de Nuestra América significa comprender que: las agresiones, bloqueos y medidas coercitivas unilaterales son reales y asfixian a nuestros pueblos. Que la resistencia cotidiana de los pueblos que no se doblegan es un hecho incontrovertible en nuestra historia y que los pueblos eligen cuando y como librarla. Que la diplomacia y el diálogo soberano son herramientas indispensables para preservar la paz, abrir caminos de alivio popular y neutralizar las amenazas bélicas del hegemón, valido tanto para Cuba como para Venezuela.
Quien reduce la estrategia de un Estado asediado a una mueca en una foto le hace el juego, consciente o inconscientemente, a la narrativa que busca desmoralizar y fragmentar al campo popular.
Hoy, más que nunca, la consigna que nos legaron Bolívar, Martí, Fidel y Chávez sigue vigente, frente al asedio del norte, ante la idea de imponer nuevos protectorados, ni entreguismo ingenuo ni purismo estéril. Unidad de los pueblos, madurez estratégica, lealtad a los principios y la convicción inquebrantable de que la verdadera victoria de América Latina reside en su capacidad para caminar unida, soberana y de pie ante el mundo.
COLUMNA «DESCIFRANDO EN ROJO Y NEGRO» • SERVIRALPUEBLO.ORG
