Crónicas de la Resistencia II

Una aproximación desde los debates internos y la prospectiva estratégica

«…el mundo tiene que ser pluripolar, es decir, multiplicidad de polos de fuerzas; agrupaciones de países para que haya más equilibrio universal, para que haya más democracia universal, para que haya más igualdad en el universo mundo.»

Comandante Hugo Chávez. Intervención ante la nación, para dar un informe y reflexiones sobre su viaje a Asia. 07 de octubre de 1999.

Los hechos de la madrugada del 3 de enero de 2026 no representa un acto aislado en la convulsionada historia venezolana, es un quiebre en nuestra historia como país soberano y proyecto revolucionario. El secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera combatiente y Diputada electa, Cilia Flores, por fuerzas especiales de Estados Unidos, ese instante quirúrgico dentro de una agresión permanente, cristalizó una verdad, a Venezuela le han cobrado su posición protagónica en la reconfiguración de un nuevo orden mundial, colocando las garras sobre su reserva energética colosal.

La pregunta que emerge del debate, y que este artículo intenta colocar algunas primeras notas para responder, es radicalmente simple en su formulación pero compleja en sus implicaciones: ¿Cuál es el problema estratégico central de Venezuela hoy, después del 3 de enero?

La hipótesis que atraviesa los debates es que el problema ya no puede ser definido exclusivamente en términos de «agresión imperialista» como una variable externa que se combate desde una trinchera soberana. Por el contrario, el núcleo de la cuestión estratégica reside en que la soberanía política, aquella que garantiza la capacidad de decisión autónoma de una nación, ha sido vulnerada parcialmente, y esto reconfigura el tablero, los actores y las posibilidades de cualquier acción política transformadora. El Comandante Fidel, dejo plasmado en su concepto doctrinario que  Revolución es “sentido del momento histórico”.

El debate confronta dos formas de entender la situación. Mientras alguno puede plantear la tesis de la «ocupación» asimilándola a los casos de Palestina o Irak, otro introduce un matiz crucial, calificar a Venezuela como «país ocupado» puede ser inexacto y peligroso si conduce a la desmoralización. Sin embargo, lo relevante no es la discusión terminológica, eso es un debate bizantino, sino el reconocimiento compartido de que algo fundamental se ha quebrado.

La diatriba deriva una clave interpretativa central cuando se distingue entre la fase anterior y la posterior al 3 de enero: «Antes del 3 de enero, nosotros éramos un país con soberanía política…, hemos perdido soberanía política. Por lo tanto, nos abre la puerta a perder por ahí toda la soberanía económica». Esta distinción es vital. Durante años, nos hemos sostenido sobre la base de una soberanía política intacta que resiste a una «guerra económica» externa. La narrativa de la resiliencia heroica ha dependido de esa premisa.

El 3 de enero, la agresión militar, el ataque estadounidense a territorio venezolano, el secuestro del jefe de Estado y la posterior dinámica política (negociaciones petroleras en condiciones desventajosas, coordinación de acciones con el «victimario”), nos exponen a la capacidad de veto y dirección de Washington afectando al Estado venezolano.

El concepto de un «procónsul», encarnado en la encargada de negocios Laura F. Dogu, adquiere aquí su plena dimensión analítica. No se trata necesariamente de un funcionario extranjero sentado en el despacho presidencial en Miraflores, sino de la existencia de una autoridad de facto, representante del imperialismo yanqui, que determina los límites. Las decisiones fundamentales –qué se negocia, con quién, bajo qué condiciones, qué discursos son admisibles- responden a un marco impuesto.

¿Sí la operación del 3 de enero demostró una capacidad militar abrumadora y una voluntad de intervención, ¿por qué no se produjo una ocupación clásica, la disolución del gobierno y la imposición de una administración directamente controlada? La respuesta que emerge es estratégicamente lógica y políticamente amarga, a Estados Unidos no le conviene el caos total. Una desintegración completa del Estado venezolano provocaría una desestabilización nacional y regional que complicaría la explotación de los recursos estratégicos, particularmente el petróleo.

Se prefiere, entonces, un gobierno que, aunque «políticamente tóxico» para ciertos sectores de la opinión pública estadounidense, pueda garantizar la gobernanza, administrar la crisis social y ejecutar las políticas económicas que Washington considera aceptables y según para ellos, es el camino a la transición.

Esto nos sitúa ante una paradoja para la militancia de base, el gobierno que continúa con el poder político con un gabinete que negocia y administra) puede estar cumpliendo un rol objetivo descrito en el último mensaje de Presidente Maduro transmitido a los venezolanos a través de su hijo,  Nicolás Maduro Guerra: «Ustedes están haciendo exactamente lo que tienen que hacer y están tomando los pasos correctos«. La discusión sobre si esto constituye «colaboración» o «preservación táctica» (en la línea del ejemplo de Lenin en Brest-Litovsk) es la manifestación de una incertidumbre política a la que debemos salirle al paso.

Esta ambigüedad no es un mero accidente; es el síntoma de una revolución a que anhelan quitarle su brío transformador y llevarla a una derrota estratégica.

Cuando un proyecto político se define centralmente por la búsqueda de «estabilidad» y «normalidad» (términos impuestos desde la coerción para lograr incidir en la correlación de fuerzas desde la presión externa), se desactiva el potencial movilizador que nace de la promesa de transformación y de la identificación de un enemigo claro contra el cual luchar.

El problema estratégico aquí es doble. Por un lado, la base social del proyecto, el «pueblo chavista» percibe la contradicción entre el relato de resistencia y la realidad de un gobierno que negocia con quien secuestró a su líder. Por otro lado, la dirigencia, atrapada en la necesidad de «acomodo» táctico para sobrevivir en el corto plazo, pudiera erosionar el único activo que podría garantizar una resistencia de larga duración, la convicción militante.

De allí la necesidad de «incentivar la formación patriótica revolucionaria» como antídoto contra la desmoralización. La formación se convierte en la trinchera. Pero la pregunta que queda flotando es si la formación, por sí sola, puede compensar la falta de claridad y la percepción de que «las manos todavía no las tenemos amarradas», pero el espacio de maniobra se reduce día a día. Aquí cabe recordar lo que ya hemos analizado en otro momento: «Nicolás y Cilia, desde su encierro, han logrado lo que el enemigo más teme, han galvanizado la voluntad nacional. Su firmeza es nuestro escudo; su unidad propuesta, nuestra espada. Son el faro que guía la resistencia, demostrando que ni las cadenas más gruesas pueden aprisionar la voluntad de un pueblo que ha decidido ser libre».

Uno de los hilos conductores del análisis es el papel del petróleo. El petróleo se convierte en la principal moneda de cambio en la negociación asimétrica con el poder arrogante de Washington. De allí la  necesidad de alertar sobre el peligro de perder el control de la producción nacional en favor de intereses extranjeros. Tengamos siempre presente aquella advertencia del Comandante Chávez: “Cuando se acabe el petróleo en el mundo, quedarán cinco países con reservas importantes: Rusia, Irán, Arabia Saudita, Irak y Venezuela».

La soberanía económica, que el análisis prospectivo identificaba como la meta a alcanzar una vez asegurada la soberanía política, se revela ahora como un objetivo con obstáculos puestos en el camino como quien mina un campo para impedir el avance del oponente.

El petróleo venezolano, para Trump y la élite monroista, es el lubricante de un acuerdo de estabilidad tutelada: se extrae, se vende, se negocia, pero los beneficios y las condiciones los define, en última instancia, quien tiene la fuerza.

¿Qué hacer? ¿Cuál es la respuesta estratégica posible?

En primer lugar, el reconocimiento que el 3 de enero sufrimos derrota parcial pero sin capitulación. Se admite que la soberanía tiene una fisura, pero debemos rechazar de plano la idea de una derrota total. Este equilibrio es psicológicamente necesario para evitar la parálisis y moralmente exigible para no legitimar inconscientemente el plan de Washington.

En segundo lugar, ganar tiempo como estrategia. En el ejemplo de Brest-Litovsk, Lenin aceptó condiciones nada favorables para preservar el núcleo del proyecto revolucionario y esperar un momento más favorable. El tiempo es favorable en la medida que sea un activo para levantar las condiciones de la resistencia política y popular, y teniendo en cuenta las condiciones políticas internas de los Estados unidos y del propio movimiento de Trump.

En tercer lugar, la formación como resistencia de larga duración. La preparación política, técnica e ideológica de los cuadros se presenta como la tarea prioritaria. No es una huida hacia adelante, sino la constatación de que la lucha ha entrado en una fase de resistencia cultural y política que requiere militantes formados, no solo activistas.

En cuarto lugar, la mirada nuestroamericana, subrayar que la pelea no puede ser solo venezolana. La estrategia debe articularse con otros pueblos y gobiernos de la región que enfrentan dinámicas de recolonización blanda. El «vaso nacional» solo se defiende si se comprende como parte de un todo continental amenazado.

Y en quinto lugar, reformular el discurso. Convocar a una resistencia activa, sin caer en el voluntarismo que ignore la correlación de fuerzas adversa. Reformular el discurso significa, en definitiva, recuperar la capacidad de decir lo que está pasando. Significa negarse a aceptar el vocabulario del ocupante, sus categorías, sus prioridades. Significa construir un lenguaje que permita a la militancia entenderse a sí misma, reconocer a sus enemigos, identificar a sus aliados posibles y construir entre todos un horizonte de liberación.

Finalmente, quizás, la síntesis más precisa, sea esta idea: «si lo vemos como todo, lo que está en riesgo, es el estado nación». El problema estratégico central de Venezuela después del 3 de enero es, en su médula, la supervivencia de la nación como sujeto político soberano.

No se trata solo de defender un gobierno, un proyecto político o un líder. Se trata de determinar si Venezuela puede seguir existiendo como una entidad con capacidad de autodeterminación en un tablero global donde los Estados Unidos como potencia hegemónica ha decidido que la «soberanía funcional» (condicionada a sus intereses) es el único estatus aceptable para los países del hemisferio occidental.

Revertir la simpleza con que se despacha la idea que el centro de decisión ya no está enteramente en Caracas, es la tarea estratégica, por tanto, excede la coyuntura inmediata. Implica recomponer las bases materiales y subjetivas para recomponer la soberanía. Mientras tanto, la resistencia adopta formas simultaneas y complejas; la formación, la articulación regional, el mantenimiento de la memoria histórica, la movilización permanente, la negativa a aceptar el plan de Washington sobre Venezuela como un hecho natural e irreversible y el rescate de Nicolás y Cilia. En esa tenacidad, reside la posibilidad de que la nación no se disuelva en el orden tutelado que Washington intenta imponer.

Recordemos siempre, el presidente Nicolás Maduro y Cilia Flores, con unidad y firmeza mantienen su convicción en un país libre, soberano e independiente, en ello piensan día a día dentro las entrañas del monstruo. Nos toca a nosotros tener conciencia del momento que nos toca vivir en perfecta unidad y en una férrea firmeza. Nosotros sabremos navegar en la tempestad y alcanzar un puerto seguro que no es otro que la independencia y soberanía plena.

Miguel Ernesto Salazar

Profesor en Geografía e Historia. Militante del Partido Unido Socialista de Venezuela. Miembro del Equipo Editorial de la Revista Pueblo En Armas.