En memoria de los caídos en combate, enarbolando las banderas de Camilo Torres.
“La Revolución, por lo tanto, es la forma de lograr un gobierno que dé de comer al hambriento, que vista al desnudo, que enseñe al que no sabe, que cumpla con las obras de caridad, de amor al prójimo, no solamente en forma ocasional y transitoria, no solamente para unos pocos, sino para la mayoría de nuestros prójimos. Por eso la Revolución no solamente es permitida sino obligatoria para los cristianos que vean en ella la única manera eficaz y amplia de realizar el amor para todos.”
Camilo Torres Restrepo. Mensaje a los Cristianos. Agosto,1965.
«Juntemos nuestros brazos
Alí Primera. «Dispersos». 1973.
la Patria lo reclama
la lucha es de todo el que
la quiere liberada
¿Por qué no unirnos?
si porque si ya se unieron
el fusil y el evangelio
en las manos de Camilo».
Cuando las élites del mundo se reúnen en la Conferencia de Seguridad de Múnich para redefinir las reglas del dominio global, los pueblos del Sur Global debemos preguntarnos: ¿qué lugar ocupamos en ese nuevo orden? La respuesta, es la misma de siempre, el lugar de la periferia explotada, el de la reserva de recursos, el de la mano de obra barata, el de la migración indeseada y la de un misil sobre nuestra soberanía.
El reciente discurso del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, no es simplemente otro discurso diplomático. Es una hoja de ruta. Es la declaración de principios de un proyecto que busca revitalizar la hegemonía occidental bajo una nueva retórica, la defensa de la «civilización», el control de fronteras y la recuperación de la soberanía económica para «nosotros», excluyendo deliberadamente a «ellos». Y en ese «ellos» estamos incluidos la mayoría de los habitantes de este planeta.
Frente a esta ofensiva discursiva, política y militar, emerge con fuerza la figura de Camilo Torres Restrepo, el sacerdote guerrillero colombiano caído hace 60 años, cuyos restos han sido recientemente hallados. Pero más allá del hecho simbólico del encuentro con su cuerpo, lo verdaderamente relevante es el encuentro con su pensamiento. Porque Camilo, como revolucionario, nos legó las herramientas para desmontar los discursos hegemónicos y construir una alternativa desde los de abajo.
Rubio apela a una supuesta herencia común, Miguel Ángel, Beethoven, Shakespeare, los padres peregrinos. Construye un relato de grandeza cultural para justificar un proyecto de poder. Pero omite deliberadamente que esa «civilización occidental» se construyó sobre la base del colonialismo, la esclavitud y el expolio de nuestros territorios. Omite que las catedrales que admira se levantaron con el oro de América. Omite que la filosofía que venera justificó durante siglos la trata de personas.
Camilo Torres, desde las montañas de Colombia, nos enseñó a leer la realidad sin velos. «Como sociólogo —dijo—, gracias al conocimiento científico que tengo de la realidad, he llegado al convencimiento de que las soluciones técnicas y eficaces no se logran sin una revolución». Esa revolución, para nosotros los del Sur, implica desmontar precisamente los mecanismos de dominación que el discurso de Rubio pretende perpetuar con ropajes nuevos, misiles que buscan silenciar nuestra historia rebelde, no en el sentido figurado sino en la más cruel realidad.
Cuando el secretario de Estado habla de la necesidad de crear «cadenas de suministro occidentales para minerales críticos», está hablando de asegurar el litio boliviano, el cobre chileno, el coltán congoleño para las industrias tecnológicas del norte. No habla de desarrollo para nuestras regiones. Habla de saqueo con otro nombre.
Uno de los ejes más inquietantes del discurso de Rubio es su llamado al control fronterizo. «Controlar quiénes y cuántas personas entran en nuestros países no es una expresión de xenofobia —afirma—. Es un acto fundamental de soberanía nacional».
Esta afirmación, presentada con aparente sensatez, oculta una verdad incómoda para estas élites, las fronteras del norte se cierran precisamente porque el norte ha abierto de par en par las puertas a la explotación de nuestras economías. Los migrantes no huyen por gusto; huyen de la pobreza generada por siglos de extractivismo, por décadas de tratados de libre comercio asimétricos, por la imposición de políticas económicas que benefician a las corporaciones transnacionales mientras destruyen la agricultura local. Huyen buscando el sueño americano divulgado por infinitos medios que solo ocultan que el sueño duerme en los brazos del fentanilo y la más profunda desigualdad.
Camilo lo entendió perfectamente. Su opción por los pobres no era una opción caritativa, era una opción política. Sabía que la pobreza no es un accidente, es un mecanismo de dominación. Y sabía que mientras exista un sistema que concentra la riqueza en el norte y genera miseria en el sur, la migración será inevitable.
Quizás el aspecto más perverso del discurso de Rubio es su apropiación del cristianismo. Habla de la fe cristiana como herencia sagrada, de las catedrales como testimonio de grandeza. Pero es el mismo cristianismo que bendice bombas, que justifica invasiones, que da la espalda a los pobres.
Camilo Torres, sacerdote católico, ofreció una visión radicalmente distinta: «Como cristiano —escribió—, porque la esencia del cristianismo es el amor al prójimo y solamente por la revolución puede lograrse el bien de la mayoría. Como sacerdote, porque la entrega al prójimo que exige la revolución es un requisito de caridad fraterna, indispensable para realizar el sacrificio de la Misa».
Esta es la teología de la liberación en estado puro. Es el cristianismo de los mártires, no el de los poderosos. Es el de las comunidades de base, el de los curas obreros, el de Mons. Romero, el de los misioneros que mueren junto a sus pueblos. El de la liturgia de resistencia que adoptaron curas como Camilo, Manuel Pérez, Domingo Laín, el Padre Sardiñas o un Gaspar García, No el de los políticos que usan la fe como escudo mientras empuñan la espada contra los débiles.
Frente a la ofensiva discursiva del imperio, los pueblos del Sur Global tenemos la obligación de construir nuestra propia narrativa, nuestra propia doctrina de liberación. Y en Camilo Torres encontramos sus pilares fundamentales.
La coherencia como principio revolucionario. Camilo no predicó desde la comodidad. Se fue a la montaña, compartió la vida y el riesgo con los campesinos, y murió con las armas en la mano. Su ejemplo nos interpela: ¿estamos dispuestos a asumir las consecuencias de nuestras convicciones? Los mártires que cayeron en la madrugada del 3 de enero ante el ataque yanqui debe darnos la luz en este camino amenazado por la oscuridad.
La unidad por la base. El Frente Unido que Camilo impulsó no era una coalición de élites, era un movimiento desde las bases populares. Su llamado a la unidad sin diferencias religiosas ni partidistas sigue vigente. El imperio nos divide, negros contra indígenas, cristianos contra musulmanes, migrantes contra nativos. Nosotros debemos unirnos desde nuestras necesidades comunes. Unidad y firmeza, son los elementos que dan forma a la idea camilista en este siglo XXI de resistencia.
La opción preferencial por los pobres. No como eslogan, sino como criterio político fundamental. Cada decisión, cada alianza, cada estrategia debe evaluarse por su impacto en los más desfavorecidos. Si no beneficia a los pobres, no es revolución.
La soberanía como horizonte innegociable. Camilo luchaba por una Colombia independiente del poderío norteamericano. Hoy, esa lucha se extiende a todo el Sur Global. Nuestros recursos, nuestras decisiones, nuestro destino no pueden seguir secuestrados por intereses foráneos, ante el chantaje del bombardeo.
Mientras Marco Rubio habla de revitalizar la civilización occidental en Múnich, en las montañas de Colombia, en las selvas de la Amazonía, en las costas de nuestro Caribe, en los altiplanos andinos, en las sabanas africanas, en los arrozales asiáticos, millones de personas se organizan para resistir. No con el odio en el corazón, sino con la esperanza de un mundo distinto.
Camilo Torres no es una reliquia del pasado. Es una apuesta al futuro. Sus restos han sido hallados, pero su espíritu recorre nuestras tierras. En cada comunidad que defiende su territorio, en cada joven que se niega a abandonar su patria, en cada mujer que organiza la resistencia cotidiana, allí está Camilo.
El imperio tiene misiles, tiene dólares, tiene discursos sofisticados que manipulan la mente. Pero nosotros tenemos la razón, tenemos la historia y tenemos el coraje de quienes saben que, como dijo Camilo, «un pueblo que se entrega hasta la muerte siempre logra la victoria».
Por eso, frente al nuevo colonialismo, levantamos la doctrina camilista de liberación. No como un dogma, sino como una brújula. No como un texto sagrado, sino como un instrumento de lucha.
Colombia, América Latina, el Sur Global, ha llegado nuestra hora. La hora de construir, desde nuestras propias realidades y tradiciones, un mundo donde quepamos todos. Un mundo donde la dignidad no sea un privilegio, sino un derecho. Un mundo donde, por fin, seamos libres. El Congreso Anfictiónico de los pueblos es en el hoy, porque «la lucha es larga, comencemos ya”.
«Ni un paso atrás…» ¡La idea de Camilo Vive!
