Cuando una masacre se extiende y las ciudades se vuelven escombros, y los muertos se contabilizan, y los heridos y los desaparecidos no se pueden contar, y cuando ni la mejor canción te permite olvidar los rostros de los niños desamparados, con los ojos llenos de horror, de espanto, cuando la impotencia nos embarga, lo que hay que hacer es gritar a los cuatro vientos que, en Palestina y en Beirut se está cometiendo un genocidio, y hay que pararlo.
La Declaración de la Independencia de Palestina fue escrita por uno de los más grandes poetas que nos legó el siglo XX, Mahmud Darwish, y leída por Yasir Arafat, líder y mártir, y de ella tomamos:
“Sobre la tierra de los mensajes celestiales a la humanidad, sobre la tierra de Palestina, creció y se desarrolló, y creó su presencia humana y nacional a través de una relación orgánica, indivisible e ininterrumpida, entre el pueblo, la tierra y su historia”.
En 1948 comenzó la ocupación ilegal de Palestina, y ahora mismo, el gobierno nazi de Israel continúa la matanza, Benjamín Netanyahu escala el conflicto a otras naciones, mientras que la respuesta de Irán –aún comedida-, de la resistencia palestina y de Hizbulá se incrementan a pesar el martirio de sus líderes y de sus pueblos.
¿Por cuál razón Estados Unidos y la Unión Europea siguen suministrando armas a Netanyahu? ¿Será que las elecciones norteamericanas son más importantes que la existencia de dos naciones?
¿Dónde está el Derecho Internacional?
La destacada analista, Olga Rodríguez, dijo hace pocos días que seguramente, cuando se revisen los escombros de Palestina y Beirut, allí estará el Derecho Internacional.
Levantemos las banderas de Palestina y El Líbano, símbolos de la resistencia al fascismo y de la paz.
