El odio como refugio político de la oposición.

“Llegará un momento en que las ideas racistas ya no nos impedirán ver la anormalidad total y absoluta de las disparidades raciales. Llegará un momento en el que amaremos a la humanidad, en que tendremos el valor necesario para luchar por una sociedad equitativa para nuestra amada humanidad, sabiendo, inteligentemente, que cuando luchamos por la humanidad, estamos luchando por nosotros mismos. Llegará un día. Quizá, solo quizá, ese día sea hoy.”

Ibram X. Kendi. Prólogo del libro Stamped. El racismo, el antirracismo y tú. 2020.

​Mientras María Corina Machado insiste en su desacuerdo con el levantamiento de las sanciones, su estrategia parece transitar cada vez más por los caminos de una rara fe mística y el resentimiento social que por los de la razón política. Lo que antes se vendía como un «plan de país», hoy se ha degradado en una mezcla de liturgia religiosa y coreografías de odio.

​El eslogan «Hasta el final» ha mutado en un mantra sectario. Al igual que un babalawo o un santero, Machado ofrece predicciones sin ruta; augura victorias aferrada tan sola a la narratativa construida desde el signo del algoritmo. En sus concentraciones, el análisis de coyuntura ha sido sustituido por la imposición de manos y el llanto compartido, una técnica de distracción para que su base se le olvide y no cuestione la falta de resultados tangibles.

​El fracaso en la Puerta del Sol ha mostrado la costura a la pelota. El misticismo de los rosarios se desvanece rápido cuando cruza el Atlántico y se encuentra con la realidad del radicalismo. El reciente evento en la Puerta del Sol, en Madrid, dejó al desnudo que detrás de la fachada espiritual de Machado, el principal combustible de su movimiento es el odio visceral. Falto la guinda, una quema de libros al estilo de la Plaza de la Ópera, en Berlín, en mayo de 1933 con Joseph Goebbels como orador de orden.

​Lo que debía ser un acto para la acumulación política en el plano internacional, terminó siendo un despliegue de intolerancia. Personajes como el cantante “venezolano” Carlos Baute —el mismo que celebraba con vino la intervención militar de los Estados Unidos el 3 de enero—, alineados con la narrativa de Machado, no dudaron en convertir la tarima en un circo de insultos, alentando a los presentes a corear consignas denigrantes como la de «Fuera la mona», dirigidas a la Presidenta (E) de Venezuela, Delcy Rodríguez.

​Este episodio en España no solo fue un fracaso de convocatoria en comparación con expectativas pasadas, sino un fracaso moral. Evidencia que, cuando la propuesta política es inexistente, el recurso es la deshumanización del adversario.

​Resulta paradójico que Machado busque presentarse como una figura bendecida y espiritual mientras valida, por acción u omisión, un discurso que fomenta el racismo y la violencia verbal. Esta «teología del odio» revela una contradicción profunda: Se vende como la salvadora de los valores familiares y cristianos. Y se aferra a sanciones que asfixian al venezolano mientras promueve el escarnio público como única herramienta de «lucha».

​En política, cuando los resultados faltan, los insultos y los símbolos sobran. Su negativa a respaldar el alivio de las sanciones —justo cuando la mayoría del país clama por una recuperación económica— demuestra que su interés no es el bienestar nacional, sino mantener viva una hoguera de resentimiento que solo le sirve a ella para conservar relevancia mediática.

​La estrategia de Machado, envuelta en incienso pero alimentada por el odio, solo sirve para manipular a sus seguidores con la promesa de un milagro que nunca llega. Quienes han votado por la oposición en el pasado seguramente estarán cansados del falso mesías que usa la fe para dividir y el insulto para ocultar su incapacidad de presentar un proyecto de país.

​La oposición añora, ansia, una política sin profecías de salón, sin insultos de tarima en el extranjero y, sobre todo, sin figuras que crean que un rosario en el cuello justifica el veneno en la palabra. Al final, ni el mejor babalawo ni el grito más fuerte en Madrid podrán levantar un proyecto que se cimenta sobre el vacío y el desprecio. Además, con la verdad más amarga, la política a la «venezolana» se construye desde el propio territorio venezolano y no de plaza en plaza por el mundo navegando en relatos épicos fabricados a punta del tecleo de códigos.

Miguel Ernesto Salazar

Profesor en Geografía e Historia. Militante del Partido Unido Socialista de Venezuela. Miembro del Equipo Editorial de la Revista Pueblo En Armas.