Mientras María Corina Machado insiste en su desacuerdo con el levantamiento de las sanciones, su estrategia parece transitar cada vez más por los caminos de una rara fe mística y el resentimiento social que por los de la razón política. Lo que antes se vendía como un «plan de país», hoy se ha degradado en una mezcla de liturgia religiosa y coreografías de odio.

