La ternura y el crimen; entre sembrar vida y cultivar la muerte.

«Si existe alguna amenaza, también existen, por la gracia de Dios, dispositivos para neutralizar la amenaza. Que el pueblo haga su trabajo, viva su vida, estudie, genere un clima [de estabilidad] para los negocios, realice sus actividades comerciales sin preocupación. Debe imperar en el país un ambiente de tranquilidad, un ambiente de confianza en uno mismo, un ambiente de serenidad; Fa‑anzala‑lláhu sakínatahu ‘alá rasúlihi wa ‘alá l‑mu’minín «Entonces Dios hizo que descendiese Su serenidad sobre Su Mensajero y los creyentes». Que Dios Todopoderoso, si así lo quiere, haga descender la serenidad, la certeza interior, sobre cada persona de este pueblo, y les otorgue Su favor; y que conceda también éxito a las autoridades para que puedan llevar a cabo [sus obligaciones].»

Alí Jamenei. Discurso en Arzebaiyan Oriental. 17 febrero de 2026.

Hoy hay que remar contra la corriente (como siempre), esa que es originada por los grandes emporios de la comunicación bajo el guion dispuesto de la CIA. Es un torrente artificial de imágenes y relatos diseñados en laboratorios de propaganda para ahogar cualquier voz que no se pliegue a la narrativa del poder. Esa corriente mediática global funciona como el brazo comunicacional del complejo militar-industrial, selecciona qué vidas merecen ser lloradas y qué muertes deben ser celebradas. Frente a ese aluvión prefabricado, que convierte el asesinato de un hombre de fe en un parte de victoria, mi remo se clava en el agua con la obstinación de quien sabe que hay otra verdad. Una verdad que no se encuentra en los titulares occidentales, sino en el destello de una fotografía, en el susurro de una oración, en la coherencia de una vida entregada a su pueblo.

No es un simple ejercicio de disidencia de quien escribe, sino un acto de resistencia ante el monopolio de la realidad, ante ese «guion dispuesto» que pretende dictarnos incluso qué sentir ante la muerte de un hombre que, para los suyos, no era un enemigo derrotado, sino un padre espiritual que partía hacia la vida eterna.

La imagen es estremecedora en su sencillez, un líder religioso, de barba blanca y mirada serena, sostiene a un recién nacido entre sus brazos mientras sus labios susurran los versos del Corán. Es un instante de ternura que congela el tiempo. Una semana después, ese mismo hombre, el Ayatolá Ali Jamenei, yacía mártir, víctima de una operación conjunta del «ente sionista» y el imperialismo estadounidense. En la otra orilla, la del agresor, el asesino, la reacción no fue el silencio respetuoso ante la vida perdida, sino la jactancia. El criminal de guerra, el agente naranja, lo celebró en sus redes sociales calificándolo como «una de las personas más malvadas de la historia».

Es la expresión más pura de una contradicción profunda, casi bíblica, que define el conflicto de nuestro tiempo, la del bien y el mal, la de la vida y la muerte. No como conceptos abstractos, sino como programas políticos propagados a la humanidad. De un lado, proyectos de expansión, dominación y culto a la muerte. Del otro, proyectos de resistencia que, incluso en el martirio, afirman la vida como un valor supremo.

El imperialismo estadounidense y su comodín en la región, el proyecto sionista, representan la tecnificación de la muerte. No es una muerte sacra, sino una muerte burocrática, fría y quirúrgica. Es la muerte que llega en un dron no tripulado, en una orden firmada en un despacho a miles de kilómetros, en una declaración triunfal en una red social. Como denunció el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) en su declaración de condolencias, este asesinato no es un hecho aislado, sino la firma de «la alianza sionista-imperialista» que busca «romper la hegemonía» de los pueblos que se resisten a la subyugación.

Esta alianza, como se ejemplifico en Gaza, ha funcionado como el garante de los intereses occidentales en Oriente Medio desde la posguerra. Israel, como colonia de asentamiento, se ha erigido en el «guardaespaldas» del imperialismo, en palabras del difunto líder del FPLP, George Habash. Su lógica es la de la dominación geopolítica y el control de los recursos. En esa lógica, la vida de un líder de la resistencia no es más que un obstáculo que eliminar. La muerte de Jamenei, junto a los altos comandantes militares y miembros de su familia, es vista como un «éxito» operativo. Es la visión del mundo donde el poder se ejerce sembrando cadáveres, creyendo que la voluntad de un  pueblo se doblega a base de bajas.

La declaración de Trump es la síntesis de una cosmovisión que deshumaniza al otro para justificar su aniquilación. Llamar «malvado» a un hombre a quien días antes se le veía recitando el Corán a un bebé no es solo un error de cálculo político, es la confesión de una ceguera total ante la humanidad del adversario. Es el reflejo de una cultura que, como señalan los analistas, ha construido un doble rasero donde sus propios muertos son «héroes» y los del otro son «terroristas».

Frente a esa mecánica de muerte, se alza la imagen de Jamenei con el bebé. Esa fotografía es el manifiesto de la resistencia. Porque la resistencia, en su esencia, no es un culto a la muerte, sino una afirmación radical de la vida. Una vida digna, libre de la tutela imperialista y la agresión sionista.

El líder de Hezbolá, Naim Qassem, lo expresó con claridad, Jameneí «alcanzó el triunfo supremo y el honor de sellar su noble y bendita vida con la medalla divina del martirio». La clave está en la palabra «vida». No se celebra la muerte, se celebra una vida entregada a una causa justa. Es la coherencia de quien, hasta su último aliento, no se ocultó, sino que vivió «con los suyos, su familia», como un servidor de su pueblo y su fe.

El concepto islámico del martirio (shahada) se malinterpreta a propósito desde la óptica imperialista. No es un deseo de muerte, sino la máxima disposición a sacrificar la propia vida para «testificar y defender la fe contra la adversidad» y resistir la injusticia. Es la antítesis del terror. Es la conciencia plena del enemigo y de los riesgos, y la determinación de seguir adelante a pesar de ellos. Por eso, el Corán afirma que los mártires no están muertos, sino «vivos con su Señor, bien provistos». Están vivos en la memoria, en la continuidad de la lucha, en la semilla de dignidad que plantan.

El Movimiento Ruta Revolucionaria Alternativa Palestina (Masar Badil) lo recoge en su obituario: «La sangre de los mártires seguirá siendo un faro de la lucha común contra la ocupación y el colonialismo, y un compromiso renovado de continuar el camino de la liberación y la dignidad». No hay lamento por una vida perdida, sino compromiso con una vida colectiva que se renueva. Es la misma lógica que hace que la resistencia palestina, a pesar del genocidio en Gaza, afirme que «la firmeza de los combatientes… frustró los planes de desplazamiento».

El bien y el mal. La contradicción es absoluta, antagónica. Mientras Estados Unidos y el sionismo israelí siembra muerte para cosechar poder, el otro, la resistencia, siembra vida para cosechar libertad. El imperialismo y el sionismo solo pueden ver en Jamenei al enemigo que debe ser eliminado. La Resistencia ve al padre, al líder espiritual, al estadista y jefe militar, al Comandante de múltiples batallas de un pueblo que en sus años de historia milenaria ha pasado por estas terribles pruebas y que está dispuesto, por miles a seguir el camino del Ayatollah.

El discurso final del mártir Jamenei, citado apenas unos días antes de su partida, resuena ahora como un testamento profético: «Una nación como la nuestra, con esta cultura, esta historia y estas elevadas enseñanzas, nunca jurará lealtad a líderes como las figuras corruptas que hoy están en el poder en los Estados Unidos». Esa es la línea que separa el bien del mal en esta lucha. La sumisión al poderoso o la lealtad a los principios. El culto a la muerte que impone el Imperio, o la cultura de la vida que cultiva la Resistencia.

La imagen de Jamenei recitando el Corán a un niño es, en definitiva, el ícono de una batalla milenaria. Es la prueba de que, frente a los tanques y los misiles, hay un proyecto de humanidad que se niega a morir.

El asesinato no es el final, sino un nuevo capítulo. Como bien dijo el FPLP, «el ascenso de líderes en los campos de confrontación representa una nueva etapa en el curso del conflicto abierto; cada vez que fuerzas traidoras intentan socavarla, la revolución se fortalece».

La vida, finalmente, siempre se abre paso.

Miguel Ernesto Salazar

Profesor en Geografía e Historia. Militante del Partido Unido Socialista de Venezuela. Miembro del Equipo Editorial de la Revista Pueblo En Armas.