La dinámica sociopolítica del país, como una espesa niebla, nos impide vernos y seguir los pasos de la tan ansiada transformación revolucionaria. Avanzamos paso a paso en la propuesta bolivariana, que en nuestro tiempo parece ir a contracorriente. Y lo grandioso es que esto forma parte de nuestro gentilicio.
En nuestro país, la opción de construir en consenso ha tenido detractores, tanto en el ámbito interno como en el global. Por ello, este proceso de postulaciones no es novedoso ni excepcional, ya que se inspira en la participación protagónica, en asambleas abiertas y en la consulta previa de cada política que se intenta implementar. Aquí, el protagonismo reside únicamente en la organización comunitaria.
Las comunidades postulaban a los cuadros dirigenciales, reconocidos por su compromiso y probidad ante una militancia comunal, desde abajo, desde el sector o desde el barrio. La legitimidad se encuentra en lo comunitario; por ello, aquellos que aspiran a la legalidad desde las prácticas de la Cuarta República desmeritan hoy el fraterno proceso de ayer.
La especulación del lunes, cuando se conozca el número total de postuladas y postulados, hará que el imperio vea como enemiga a la vecina por entregar un listado de nuevos gestores de lo público en un Estado que se encamina a materializar lo comunal como la alternativa para la República Bolivariana.
Parafraseando a Lenin, la política en la Venezuela Bolivariana “no puede basarse en rumores, chismes, cuentos de hadas o prejuicios. Esa política no tiene cabida en la Asamblea Comunal, ya que lo comunal no se mide por el tobo de agua en el bañito, ni por el liderazgo de maletín donde el imperio y la oposición nadan a sus anchas”.
El imperio existe, tiene una historia y una maquinaria dedicada a la destrucción de utopías. El daño que nos inflige con sus políticas de bloqueo, sus miles de acciones criminales y sus estrategias regionales para evitar la consolidación de la Revolución Bolivariana representa el gran desafío que tenemos por delante.
El sábado, las y los compañeros salieron nuevamente al encuentro consciente con la esperanza en Venezuela, a materializar esas premisas de nuestros Libertadores y retomadas por Chávez. Es un pueblo que decidió luchar por la libertad del mundo.
La fiesta revolucionaria de ayer, amorosa en su esencia, es para avanzar en espíritu y cuerpo en esa insurrección que sorprendió a todos los factores políticos. Fue por la visibilidad de mujeres y hombres unidos en una causa: defender los logros de estos 25 años. Y eso es una conspiración contra el imperialismo.
Quienes siguen creyendo ver detrás de los hilos que mueven a las marionetas la organización de las comunidades, en algunos casos revolucionarias en su esencia, responden y mantienen su carácter destituyente. Esa abrumadora eficacia permite revocar las cacerolas y las consignas de una oposición hormigueante de cuerpos humanos, deseosos de una soñada ocupación de las ciudades y de saturar con ruidosas transmisiones de mensajes, con el único fin de impedir que se siga respondiendo, desde la comunalidad, a las demandas sociales que fueron radicalmente interrumpidas por las sanciones económicas impuestas por el imperialismo.
Y cuando se pudo hablar en asamblea, se insistió: “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. La apertura de los espacios y las condiciones para un sistema político de nuevo cuño está en camino. Ayer se dejó evidencia de la ruptura y las mediaciones políticas de los progresistas, revelando la impotencia de las instituciones del Estado Benefactor y de las promesas gubernamentales de la festiva y angustiante Cuarta República, que hoy ve su fin en el futuro colectivo de los venezolanos en comunalidad.
