En memoria de Javier, Heriberto y William.
«Cuando soplan los vientos del cambio, algunos construyen muros y otros molinos de viento».
Proverbio chino.
En esta fecha de tanto significado puedo afirmar que nuestro mayor orgullo y satisfacción es haber estado junto a Fidel en cada momento de alegría, indignación o tristeza; haber aprendido de él la importancia decisiva de la unidad; a no perder la serenidad y la confianza en el triunfo por insalvables que parezcan los obstáculos poderosos de los enemigos o grandes los peligros; a aprender y sacar fuerzas de cada revés hasta transformarlo en victoria.
General de Ejército Raúl Castro Ruz, líder de la Revolución. Discurso con motivo del Aniversario 65 del triunfo de la Revolución. 1ro. de enero de 2024.
Recuerdo una de esas discusiones acaloradas con mi padre, Miguel Antonio Salazar, sobre el tema de Alex Saab. Cada quien defendía con vehemencia su punto de vista. Una de ellas giró en torno a una supuesta relación de Saab con la DEA. De hecho, el 22 de febrero de 2022, en su programa de YouTube, «¿QUÉ BUSCA LA DEA CON ALEX SAAB?», mi padre tocó el punto. En el programa expresó su rechazo al nombramiento de Saab como diplomático venezolano e incluso a que se le hubiera otorgado la nacionalidad venezolana, y le extrañaba que después de dos años preso se le señalara como colaborador de la DEA; pero sugería la necesidad de tener pruebas que argumentaran tales señalamientos y no inventos. Mientras tanto, en aquel entonces, en lo personal acudí a cada convocatoria de solidaridad hacia Alex Saab, bajo la consigna #FREEALEXSAAB. Hasta una página web publicaron en aquel momento: freealexsaab.org. Casi como un acto de desobediencia hacia mi padre.
Hoy, la deportación de Saab a los Estados Unidos ha desatado cualquier cantidad de especulaciones, de preguntas sin respuestas y de acusaciones, donde la palabra traición vuelve a la palestra. Claro que una acción como esta confunde, pero, como expone con un refrán un líder comunitario de una parroquia caraqueña: «Pa’lante, rabipelao, que gallina no ve de noche ni pavo camina en lo oscuro»; o, como dicen mis amigos en Margarita, “mejor es abrigarse como un paragua”.
A la campaña de la traición hay que anteponerle la razón. Hace unos días, escuchaba a un compañero militar activo relatar su experiencia durante la intervención estadounidense de aquel fatídico 3 de enero. Se encontraba en su casa de Fuerte Tiuna junto a su familia; la vivienda retumbaba por el fuego enemigo y el rugido de los helicópteros que se posaban casi sobre el techo.
Fue testigo de primera mano de la avasallante tecnología del invasor, la cual diezmó nuestras capacidades defensivas, sumada a la delación de algunos oficiales que facilitaron la ubicación exacta de nuestras defensas. Los misiles Igla-S, por ejemplo, fueron desactivados; y cada efectivo militar o miliciano que lograba activar un dispositivo era localizado de inmediato a través de su teléfono móvil, convirtiendo su posición en blanco de bombardeos.
Al preguntarle al compañero cómo estaba la moral, con los ojos humedecidos por el coraje me plantó cara y afirmó sin vacilación: «¡Alta! ¡Muy alta!… a pesar de que pisotearon nuestra soberanía».
Aun ante este testimonio, hay quienes todavía hablan abiertamente, sin pudor ni vergüenza, de rendición. Incluso abundan los oportunistas, los chulos —esos que por años vivieron a expensas del Estado y que hoy, al verse sin escoltas que los cuiden de su propia sombra ni financiamiento para sus proyectos— ven traidores hasta en la sopa.
Se nos olvida que el 3 de enero nos puso ante una situación inédita, nunca vivida, sui géneris, que tal vez nos coloca ante una disyuntiva, ante una situación que no se sabe cómo afrontar. No olvidemos que estamos aprendiendo cada día cómo llevar el día a día después del 3 de enero. El chantaje es la acción de presionar, coaccionar o amenazar a una persona con revelar información perjudicial, secretos o difamación a cambio de dinero, bienes o favores. La coacción a costa de 34 millones de venezolanos y venezolanas debería decirnos algo y activar por lo menos el sentido común, el primer gran sacrificado cada día. Se nos olvida el principal esfuerzo del enemigo: aniquilar de raíz a la Revolución Bolivariana.
Estas batallas que libramos a diario no se parecen a las de los manuales del siglo pasado. Son batallas complejas, libradas en el terreno pantanoso de la información, donde la línea entre el combatiente y el analista se desdibuja. En este escenario, la primera gran lección ha sido recuperar una virtud que parecía anticuada: la prudencia. Esa prudencia que, como un eco del Padre de la Patria, resuena tres veces como un mantra necesario para no sucumbir al ruido.
El contexto actual no admite especulaciones disfrazadas de opinión. Se ha vuelto imperativo afinar la lengua y la escritura, calibrar cada palabra porque el destinatario no siempre es el amigo y el micrófono no siempre está apagado. Quien no entiende que esto es una gran operación de inteligencia militar y comunicacional está condenado a mover las fichas en un tablero que no comprende.
Hay que decirlo con honestidad intelectual, carecemos de los elementos de juicio que poseen quienes están realmente «en la jugada». El analista externo, el militante de a pie, ve las siluetas pero no el bosquejo completo. Por eso resulta tan peligroso el exceso de certezas. Hace falta lo que en el habla popular se define como tener «senderisis», caminar con tiento, medir la pisada, saber que el terreno está minado.
Pero surge una pregunta de fondo que no podemos seguir eludiendo como comunidad pensante: ¿será que no poseemos las herramientas conceptuales y políticas para analizar nuestra coyuntura en una perspectiva histórica y estructural? El evento del 3 de enero no fue un rayo en cielo despejado; fue una crónica anunciada que, sin embargo, nos agarró sin el andamiaje teórico para procesarlo sin caer en la mitificación o el lamento estéril.
Es inevitable recordar los errores de cálculo. Cuando se desató la tormenta, muchos señalaron hechos —como aquel rumor de las lanchas— que fueron convertidos en una burda falsedad, un invento de la IA, un fake news que no era tal y que obligó a guardar silencio con la amargura de haberse tragado las palabras. Es la metáfora perfecta de nuestro tiempo, cuando se está «picado de culebra», el miedo ve amenazas en cualquier bejuco que se mueva. Así estamos hoy, saltando ante cada declaración, buscándole las cinco patas al gato, incapaces de admitir que quizás la realidad es más simple y más dura.
Todos los argumentos que hemos escogido y repetido para justificar lo injustificable no dejan de ser paja. En la intimidad de la conciencia y en la complicidad de los chats sinceros, sabemos que hay argumentos que no son válidos, que son como piezas de rompecabezas que buscamos que calcen obligadas porque el tiempo apremia. Pero prevalece una lógica perversa, la de la disciplina. Se tomó una decisión y ahora toca «aguantar la pela» y punto.
Admitirlo duele. Cuesta soltar la muleta de la narrativa cómoda. Pero el 3 de enero nos dejó sin piso y sin manual. Nos obligó a aprender a pensar en medio del fuego, a distinguir entre el amigo y el espejismo, entre el análisis y la consigna vacía.
La disyuntiva no es entre lealtad y traición. Esa es una trampa para bobos. La verdadera disyuntiva es entre la disciplina que obedece sin hacerse preguntas y la lealtad que se atreve a hilar fino, que entiende que callar las dudas no es proteger un proceso, sino enterrarlo en vida. Ya no es suficiente pedir rodilla en tierra ni el sacrificio a costa de lo que sea. En tiempo de navegación entre la niebla, la verdad, la línea clara sobre el mar agitado, es una virtud que da oxígeno a la Revolución.
Quizás no tengamos todas las respuestas. Quizás nunca las tengamos. Pero mientras haya un soldado de la patria con los ojos humedecidos de coraje diciendo que la moral sigue alta «a pesar de que nos invadieron la soberanía», hay materia prima para reconstruir y resistir.
