“Tal vez haya llegado el momento de empezar a desmontar la red de cooperación bilateral contra las drogas que habíamos construido durante más de 30 años con los Estados Unidos y asumir, de manera autónoma, una política menos punitiva y con menores daños sociales que la actual, con la ayuda de otros países amigos y de las Naciones Unidas. Estados Unidos está perdiendo su mejor aliado en la lucha contra las drogas en América Latina por cuenta de los actos agresivos del presidente Trump contra Colombia y los colombianos que viven en los Estados Unidos.”
Ernesto Samper. 22 de octubre de 2025.
“Como me escribió un oficial militar de las Fuerzas Militares de Colombia hace dos semanas: ‘si tocan a Venezuela, tocan a Colombia’. Somos una sola patria, de corazón. No lo decimos por decir; sé lo que estoy diciendo”.
Presidente Nicolás Maduro. 21 de octubre de 2025.
El reciente cruce de declaraciones entre el presidente colombiano Gustavo Petro y el presidente estadounidense Donald Trump, ha trascendido la mera disputa verbal para convertirse en un punto de inflexión potencial en las relaciones entre Colombia y Estados Unidos. Este enfrentamiento no es solo una riña personal; es el choque de dos visiones del mundo antagónicas: un demócrata de línea progresista frente a un republicano trumpista, que sitúa a Colombia en el ojo de un huracán político del que podría salir transformada. Pero el conflicto no surge en el vacío. La oposición colombiana está reaccionando. Una prueba es la movida uribista en los tribunales de justicia para abrirle paso a Álvaro Uribe Vélez en su camino al Senado colombiano.
Para que el lector entienda la magnitud del cambio que traerá esta confrontación, durante más de dos décadas, la alianza entre Estados Unidos y Colombia fue el pilar de la «Política de seguridad Democrática” y el Plan Colombia. Planes que dieron lugar aquella frase, bien ganada por Álvaro Uribe Vélez, en su momento; “Israel de América del Sur”.
La disputa escaló dramáticamente cuando el presidente Trump amenazó con tomar medidas contra el mandatario colombiano, acusándolo directamente de ser “un matón, es un hombre malo y está produciendo mucha droga. Tienen fábricas de cocaína”. Estas acusaciones, que repiten anteriores señalamientos de Trump contra Petro como “líder del narcotráfico ilegal”, vienen acompañadas de una acción concreta: la suspensión de toda ayuda económica a Colombia. La advertencia final de Trump —“Que se cuide o tomaremos medidas muy severas contra él y su país”— transforma la retórica en una amenaza explícita, llevando la tensión diplomática a un nivel crítico.
Inicialmente, la confrontación se enmarcaba en el contexto de las campañas políticas estadounidenses. Sin embargo, fue Trump quien, con sus características declaraciones incendiarias, elevó la apuesta y personalizó el conflicto, dirigiendo sus amenazas no solo contra Petro, sino contra Colombia como nación. Esta escalada retórica le subió la vara al mandatario colombiano, forzándolo a una respuesta que ya no podía ser diplomática.
Petro, un líder progresista con un pasado guerrillero que a menudo resurge en su discurso, había mantenido hasta hace poco una relación de respeto y continuidad con la administración de Joe Biden. Como él mismo ha señalado, con Biden se trabajó en las esferas de cooperación tradicionales, introduciendo solo “leves cambios”. No obstante, en la etapa final de su mandato, su retórica se ha radicalizado significativamente. Ahora se enfrenta a la impredecibilidad de Trump, un actor para quien “no hay lógica y todo puede ocurrir”. Su respuesta a la última amenaza, afirmando que «Siempre estaré en contra de genocidios y asesinatos del poder en el Caribe”, no busca el apaciguamiento, sino que enmarca la pelea en una lucha histórica contra lo que percibe como abusos de poder hemisféricos.
El asunto más urgente y delicado que plantea este conflicto es la definición de la postura de las Fuerzas Armadas colombianas. La pregunta crucial es: “con qué culo se sienta la cucaracha”. Las instituciones castrenses, históricamente obedientes y aliadas incondicionales de Estados Unidos en la guerra contrainsurgente y antinarcóticos, se encontrarían en un territorio inexplorado si, en un escenario de crisis, los soldados estadounidenses —sus antiguos instructores y socios— se convirtieran en una fuerza hostil o de ocupación. La lealtad al Comandante en Jefe, Petro, estaría puesta a prueba frente a una estructura que ha sido formada y financiada durante décadas por el mismo país que ahora amenaza con “medidas severas”.
Como diría Hugo Chávez, «la pelea es peleando”. Si el enfrentamiento con Trump se materializara en una crisis seria, Petro se vería forzado a pasar de las palabras a los hechos. Una hoja de ruta soberanista y confrontacional, implícita en el análisis, incluiría medidas para preservar la soberanía nacional y la paz a futuro de la región:
· Desmilitarización de la Alianza: La salida inmediata de todo personal militar estadounidense y la cancelación de los convenios que convierten a Colombia en un gran portaaviones, el “USS Colombia”. Esto implica desmantelar la presencia en las siete bases gringas en suelo colombiano que operan como puestos avanzados de EE.UU.
· Ruptura de Acuerdos de Inteligencia y Seguridad: La cancelación de todos los acuerdos con la OTAN, el Pentágono, la CIA y la DEA, pilares de la cooperación bilateral por más de veinte años.
· Revisión de las operaciones conjuntas: La paralización de los planes conjuntos en la frontera contra Venezuela y la búsqueda de un enfoque puramente binacional, excluyendo a Washington. No es ningún secreto para el habitante de la frontera la actuación de la CIA, “disidencias de las FARC” y narcotraficantes en acción directa contra el pueblo fronterizo, como por ejemplo, el avance de estas fuerzas en las llanuras del Arauca o en las montañas del Catatumbo. Sobre esto, el Comandante Pablo Beltrán del ELN ha señalado: “El Catatumbo es escenario de una guerra proxy impulsada por la inteligencia estadounidense”.
· Repatriación y Reducción Diplomática: El retorno inmediato de los cientos de estudiantes colombianos en instituciones militares estadounidenses y la reducción drástica del personal de la embajada de EE.UU. en Bogotá y en especial las estaciones de la CIA que tienen su centro de mando en dicha embajada y en Cúcuta.
· Guerra Económica y Reciprocidad: La revisión de las inversiones de empresas estadounidenses en Colombia y de las inversiones colombianas en EE.UU., junto con la aplicación de un trato migratorio recíproco y la advertencia de “respuestas asimétricas” ante cualquier agresión. Mirar a China como principal socio comercial no es gratuito: este año, las importaciones desde China alcanzan el 27% del total general.
· Lealtad de la Fuerza Pública: La realización de un “censo de patriotas” dentro de las Fuerzas Militares y la Policía Nacional para asegurar la lealtad al mandato soberano del pueblo colombiano al elegir a Gustavo Petro como su presidente y Comandante en Jefe.
La Hora de la Verdad ha llegado entre el ataque de Donald Trump y su intención de traer la guerra a los pueblos del Caribe y la postura de Petro recuperando el espíritu bolivariano de independencia y autodeterminación, históricamente amenazado por la doctrina Monroe. Razón tiene Jaime Gómez Alcaraz, analista político internacional colombiano al afirmar: “La verdadera amenaza no proviene de los campos de coca, sino de los discursos que, bajo la máscara de la seguridad, pretenden mantener viva la subordinación colonial”.
Hoy, Petro se mantiene en el nivel de las ideas y la confrontación dialéctica, respondiendo a las acusaciones con principios. La gran incógnita es hasta dónde estaría dispuesto a llevar su confrontación en los hechos, especialmente ahora que las amenazas de Trump son oficiales y con consecuencias económicas inmediatas. Su “equilibrio progresista” entra en crisis al enfrentarse a la realidad de que, para Trump, no existen matices.
Este momento, sin embargo, debe ser visto como una buena hora para nuestros pueblos. La respuesta a una agresión no deseada podría, en teoría, catalizar un movimiento revolucionario que se extienda por toda América —incluso, por qué no, mirar un poco al norte y visualizar hasta Alaska—.
La encrucijada es histórica; la retórica antiimperialista de Petro está siendo puesta a prueba como nunca antes. El camino del diálogo y la continuidad parece cerrarse, y se abre la puerta a una transformación radical de la posición geopolítica de Colombia, con consecuencias imprevisibles para toda la región.
La pregunta ya no es qué dirá Petro, sino qué está dispuesto a hacer frente a una agresión directa al territorio nacional o a los colombianos. Venezuela está dispuesta como hija del Libertador Simón Bolívar a defenderla.
¡Si tocan a Colombia, tocan a Venezuela!
