The King bombardea con mierda

“Trump es una figura política bipolar. Hay un Trump solar y un Trump lunar. El solar es MAGA, DODGE, Día número uno. El lunar está en la lista de Epstein, secuestrado por los neoconservadores y el AIPAC. Todas sus acciones pertenecen a uno u otro polo. Se mueve entre lo solar y lo lunar”.

Alexander Dugin, publicación en la red social X. 19 de octubre de 2025.

La cita de Alexander Dugin que abre este análisis no es un mero comentario extravagante en redes sociales. Su análisis de Trump como una “figura bipolar” que oscila entre un polo “solar” (MAGA, soberanismo) y uno “lunar” (controlado por el establishment) refleja una lectura estratégica. Dugin no está haciendo un diagnóstico clínico; está aplicando su lógica geopolítica del “caos controlado”. En su visión, Estados Unidos no es un rival a derrotar en el campo de batalla, sino un imperio que debe ser desestabilizado desde dentro, aprovechando y exacerbando sus contradicciones internas.

En un momento de profunda división política interna en los Estados Unidos, en el que el “carnicero Trump”, inquilino de la Casa Blanca, siembra el terror en el Caribe —asesinando bajo la excusa del combate al narcotráfico— y, por otro lado, define al ciudadano estadounidense como “enemigo interno”, la nación del Norte se encuentra sumida en una lucha que trasciende las políticas específicas para convertirse en un enfrentamiento sobre sus principios fundamentales.

De un lado, millones de ciudadanos se movilizan bajo la bandera de las protestas “No Kings” (Sin Reyes), en lo que sus organizadores han calificado como una de las mayores manifestaciones en la historia del país. El pasado sábado, cerca de 7 millones de personas llenaron calles y plazas en los 50 estados, así como en varias capitales internacionales, para participar en las protestas “No Kings”. Con más de 2.700 eventos coordinados por organizaciones como la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU), MoveOn e Indivisible, el mensaje fue claro: “el poder pertenece al pueblo”.

Del otro lado, la administración Trump y sus aliados responden con una retórica agresiva y, en un giro surrealista, con un video de inteligencia artificial del presidente bombardeando a esos mismos manifestantes con mierda. ¿Se está utilizando la IA para simular actos de violencia y normalizarlos en el imaginario colectivo?

Los manifestantes se declaran en oposición a lo que denominan la agenda “inconstitucional, autoritaria y antiamericana” de Donald Trump, incluyendo la destrucción de derechos civiles y las “ambiciones fascistas” del movimiento MAGA.

Sin embargo, la respuesta de los líderes republicanos ha sido enmarcar estas movilizaciones, protegidas por la Primera Enmienda, como actos de “odio a Estados Unidos”, calificando a sus participantes de “terroristas” y acusándolos de estar financiados por intereses externos.

Cabe recordar al “carnicero Trump” en un discurso ante los principales mandos militares de Estados Unidos hace más de dos semanas. Trump enfatizó que, después de décadas de campañas militares en el exterior, era hora de volver las fuerzas armadas hacia adentro contra un “enemigo interno” o “terrorismo doméstico” no especificado: “No es diferente a un enemigo extranjero, pero es más difícil en muchos sentidos porque no llevan uniforme. Al menos cuando llevan uniforme, puedes eliminarlos (…) Es una guerra desde dentro”. Y terminaba diciendo a los presentes: “Esto va a ser un gran problema para los presentes en esta sala, porque es el enemigo interno, y tenemos que controlarlo antes de que se descontrole”.

Al “enemigo interno”, Trump lo ha bombardeado con mierda. Los estadounidenses deberían leer las letras pequeñas al pie del Memorándum Presidencial de Seguridad Nacional 7 (NSPM-7), donde esta acción está permitida y a discreción del presidente de los Estados Unidos.

El Memorándum de Seguridad Nacional 7, firmado en 2024, otorga poderes excepcionales al presidente en “situaciones de desestabilización interna”. Sin embargo, expertos constitucionalistas como Laurence Tribe han alertado de que su redacción ambigua podría violar la Primera Enmienda, al permitir la caracterización de disidentes como “amenazas de seguridad nacional”.

La protesta masiva actúa como un termómetro de la legitimidad, señalando a las instituciones —desde la Corte Suprema hasta las fuerzas armadas— que existe una oposición profunda y extendida, haciendo que la obediencia a órdenes inconstitucionales sea exponencialmente más difícil. Recordemos el mensaje del General Mark A. Milley, ex jefe del Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos, en septiembre de 2023: “No juramos lealtad a una tribu. No juramos a una religión. No juramos a un rey, ni a una reina, ni a un tirano, ni a un dictador. Y no juramos a un aspirante a dictador. Hacemos un juramento a la Constitución y a la idea de Estados Unidos, y estamos dispuestos a morir para protegerla”.

Además, según el marco del sociólogo Charles Tilly, el éxito de un movimiento se mide por su valía (credibilidad), unidad (cohesión del mensaje), cantidad (tamaño), compromiso (perseverancia) y diversidad (amplitud de representación). Las protestas “No Kings”, con millones de estadounidenses comunes de todos los ámbitos de la vida, reunidos por segunda vez, cumplen con estos cinco criterios, representando una amenaza existencial para un proyecto político que depende de la división y la polarización. El “enemigo interno” es un riesgo para la continuidad del “Plan de 100 años” construido desde las entrañas de MAGA.

En este contexto de alta tensión, la respuesta del presidente Trump ha sido tan inusual como reveladora, una contraofensiva simbólica. A través de sus redes sociales, publicó un video generado por inteligencia artificial en el que aparece con una corona de rey y la leyenda “KING TRUMP” en un avión de combate. Al ritmo de “Danger Zone”, la animación lo muestra pilotando la nave y bombardeando con mierda a los manifestantes de “No Kings”.

La reacción no se hizo esperar. Críticos de todas las tendencias tacharon el video de “vergonzoso”, “grotesco” y un “síntoma” de una era en la que el insulto se aplaude y la violencia se normaliza. Un usuario en redes resumió la perplejidad general: “¿Podría un periodista preguntarle a Trump por qué publicó un video de IA de él mismo tirándome caca desde un avión de combate?”.

Más allá de lo chocante, el mensaje es profundamente simbólico. Mientras el movimiento de protesta se autodenomina “No Kings” para enfatizar que en una democracia no hay lugar para monarcas, el presidente se retrata a sí mismo literalmente como un rey, utilizando la tecnología no para educar o unir, sino para humillar e insultar a los ciudadanos que se atreven a disentir. Como señaló otro comentarista de la televisión estadounidense: “Personalmente, creo que es posible que Estados Unidos encuentre un presidente mejor que uno que, ante las acusaciones de que está arrojando mierda sobre los estadounidenses, publique un video donde se lo ve a sí mismo arrojando mierda sobre los estadounidenses”.

El choque entre las multitudinarias protestas “No Kings” y el video de IA del presidente Trump encapsula la encrucijada en la que se encuentra Estados Unidos. Es una batalla entre una visión de la sociedad estadounidense que ejerce presión a través de la protesta pacífica, buscando una salida entre los mecanismos que el propio Estado se da, y otra donde el liderazgo se concibe como un poder real y absoluto, capaz de ridiculizar y amenazar a sus oponentes.

Las protestas han demostrado su número, su unidad y su compromiso. Ahora, la pregunta que queda sobre la mesa es si esta muestra masiva de descontento ciudadano logrará, como en otros momentos cruciales de la historia estadounidense, inclinar la balanza del poder y reafirmar una nueva correlación de fuerzas por encima del sistema bipartidista frente a una creciente retórica y simbología autoritarias, encarnada en la figura del “carnicero Trump”.

En el pasado, el movimiento contra la guerra de Vietnam (1964-1973) no solo logró influir en la política exterior de Estados Unidos durante el conflicto, sino que también dejó una huella profunda en la sociedad estadounidense que perdura hasta el día de hoy. El “Síndrome de Vietnam”, una reticencia generalizada a involucrarse en conflictos militares a gran escala en el extranjero, actuó como un freno político y social a intervenciones militares posteriores, como se vio en las guerras de Afganistán e Irak, donde el temor a la oposición pública influyó en las decisiones estratégicas y en la negativa a reinstaurar el servicio militar obligatorio. Hoy, ese mismo impulso puede alimentar otras expresiones de movilización.

Las movilizaciones “No Kings” pueden traducirse con el tiempo en un cuestionamiento más amplio de las estructuras de poder. Al igual que en el pasado con movimientos como el contra la guerra de Vietnam o la movilización por los derechos civiles durante la década de 1950, podrían lograr su objetivo de transformar la forma en que la sociedad estadounidense entiende y ejerce su poder ciudadano, incluso frente a un líder que responde a la protesta pacífica con un bombardeo de mierda.

La pregunta final, por tanto, no es si Trump publicará otro video grotesco o si la retórica se volverá más inflamable. La pregunta de fondo es si las instituciones, las Fuerzas Armadas y, sobre todo, la ciudadanía estadounidense en su conjunto, creerán más en la fuerza de su unión cívica que en el espectáculo de un hombre que se corona a sí mismo. La historia sugiere que los regímenes que se burlan de su pueblo suelen subestimar el poder de un pueblo consciente. El legado de este momento no lo escribirá un meme de inteligencia artificial, sino la voluntad colectiva de aquellos que, desde las calles, insisten en recordar una verdad simple y poderosa, en una democracia, no hay reyes.

Miguel Ernesto Salazar

Profesor en Geografía e Historia. Militante del Partido Unido Socialista de Venezuela. Miembro del Equipo Editorial de la Revista Pueblo En Armas.